Friday, March 09, 2007

Hegel y Haití

El título puede sorprender. ¿Qué relación existe entre el mayor filósofo europeo del siglo XIX y una naciente república caribeña? El subtítulo de Hegel y Haití (“la dialéctica amo-esclavo: una interpretación revolucionaria”) resulta entonces un violento codazo en las costillas para el lector inmune a las sorpresas. Porque la “interpretación revolucionaria” que anuncia no es otra que la que emprende la propia profesora Susan Buck-Morss, norteamericana, bibliografía obligatoria en las universidades argentinas, autora de libros sobre la Escuela de Frankfurt y el inevitable Walter Benjamin. “Una se pregunta –se pregunta Susan Buck-Morss– por qué el tópico Hegel y Haití ha sido ignorado durante tanto tiempo. No sólo los especialistas en Hegel han fracasado en responder a esta pregunta, sino que han fracasado, en los últimos doscientos años, incluso en plantearlo”. Acto seguido concede que “tal vez Fanon haya sido el que estuvo más cerca de ver la conexión entre Hegel y Haití”. Buck-Morss, evidentemente, cree en lo que promete la contratapa: “Después de este libro, ni la Fenomenología del espíritu ni la Revolución Francesa podrán seguir siendo interpretadas tal como hasta ahora”.¿Pero cuál es finalmente la conexión entre Hegel y Haití? El argumento de la autora es duro y directo: la revolución haitiana de 1804 es el cemento de la teoría hegeliana del amo y del esclavo. Hegel sabía de los hechos porque leía el periódico de Johann Wilhelm von Archenhols llamado Minerva. ¿Oyeron hablar acerca de que el búho de Minerva despliega sus alas sólo al amanecer? “Bien pudo ser escrita con el periódico Minerva en mente”, deduce Buck-Morss. Sin embargo, lo verdaderamente revolucionario a que alude la interpretación es consignar la “flagrante contradicción” entre el pensamiento europeo y la economía. Hegel, según Buck-Morss, se ve excedido por los acontecimientos de Haití y la dialéctica amo-esclavo es una de las respuestas que emprende el filósofo, una respuesta desde luego racista ya que él comparte los postulados racistas de su época. Porque la esclavitud fue apenas una metáfora para la filosofía política y no una realidad que debía ser condenada, Buck-Morss acusa de racismo a Hobbes, a Locke, a los philosophes, a todos los revolucionarios norteamericanos, a Hegel y a los “marxistas (blancos)” del siglo XX. Más allá de esto, existe un valor incuestionable en el libro. Es el de imponer la consideración de dos versiones de la historia en tanto disciplina. Para unos, la historia es un tribunal en el que cada acto es juzgado de acuerdo con valores absolutos. Es una versión que también sostiene la Iglesia: tiene la virtud (y el peso) de afirmar valores absolutos. Según esta versión, cada acto es único y será juzgado por su dios, pues apela a la confrontación razonada y razonable: seguramente, como indican las muchas injusticias históricas, existieron siempre posibilidades para pensar y actuar de otro modo. En su radicalidad, es la versión que lleva a prohibir las obras de Eurípides por misóginas, a parangonar a Cristóbal Colón con Hitler, a acusar de racista a la Revolución Francesa y a Hegel. La otra versión asegura que no es bueno juzgar con criterios de hoy los hechos de ayer. Que la historia no debe ser un tribunal disciplinario porque se corre el riego de descontextualizar eventos y protagonistas. Y de caer, desde el principio, en un moralismo privado de toda verdad. Sólo en las últimas décadas el tema de los derechos humanos adquirió en Occidente una centralidad absoluta. La historia humana entera, revisada desde nuestra actualidad proderechos humanos, no sería más que una serie ininterrumpida de crímenessin sentido. Lo que deriva en la exaltación del fin de la historia como fuente específica de saber.

S. D.

Monday, March 05, 2007

Por qué el SIDA se desparrama más rápido en Africa

"The key is that African husbands tend to be more tolerant of their wives having a long term lover or two than is the norm elsewhere. The thought of one's wife becoming pregnant by another man is intolerable to most husbands around the world, but tends to be less infuriating in Africa.

That probably stems from women doing most of the farm work in rural Africa. (That's why you are always hearing about men in Africa working away from home in mines or wherever for months -- the men aren't often needed around the farm because most of the work is just hoeing weeds, which women can do at least as well as men.)

So, the husbands don't have as much leverage over their wives' behavior as in places where husbands are work-a-daddies bringing home the bacon. And African husbands don't have as much motivation to enforce fidelity on their wives since they won't be investing as much money in their wives' children's upbringing as they would elsewhere".

Más en Steve Sailer, aquí.

Wednesday, December 13, 2006

Retrato del canibal adolescente

Era el hijo que anhelan las madres: amoroso y adorable, inteligente y aplicadísimo, gentil con los mayores, cariñoso con los animales (y en especial, ay, con los cisnes), respetuoso de sus padres. Pero algo horrible sucede y el charming boy se convierte de grande en lo peor (después de la homosexualidad) que le puede pasar a los padres de un varoncito: saber que su hijo se convirtió en caníbal. Y además en el caníbal más famoso, porque sabe ser el más peligroso. De esto trata la nueva novela del norteamericano Thomas Harris, la cuarta de la serie, Hannibal Rising, dedicada a la niñez y adolescencia de la criatura más famosa del escritor, Hannibal Lecter.

Estará en estos días en las librerías inglesas y norteamericanas, con una operación editorial y de marketing que recuerda a la de Harry Potter. El éxito parece asegurado: porque el argumento es picante y grotesco, y porque, es opinión general, está muy bien escrito. La editorial le hizo firmar a Harris un contrato de tres páginas en que se lo obligaba a no escribir ni hablar del libro antes de la publicación. El volumen ha sido entregado en mano, envuelto en un anónimo papel de embalaje. Nada parece librado al azar: mientras Harris escribía su libro, también colaboraba en la adaptación fílmica de la novela, que en febrero podrá verse en los cines norteamericanos.

S. D.

Saturday, December 02, 2006

La partida

Yo me acerco a la puerta y grito:

-¡Doña Isabel! ¡Doña Isabel!

Luego vuelvo a entrar en la estancia y me siento con un gesto de cansancio, de tristeza y de resignación. La vida, ¿es una repetición monótona, inexorable, de las mismas cosas con distintas apariencias? Yo estoy en mi cuarto; el cuarto es diminuto; tiene tres o cuatro pasos en cuadro; hay en él una mesa pequeña, un lavabo, una cómoda, una cama. Yo estoy sentado junto a un ancho balcón que da a un patio; el patio es blanco, limpio, silencioso. Y una luz suave, sedante, cae a través de unos tenues visillos y baña las blancas cuartillas que destacan sobre la mesa. Yo vuelvo a acercarme a la puerta y torno a gritar:

-¡Doña Isabel! ¡Doña Isabel!

Y después me siento otra vez con el mismo gesto de cansancio, de tristeza y de resignación. Las cuartillas esperan inmaculadas los trazos de la pluma; en medio de la estancia, abierta, destaca una maleta. ¿Dónde iré yo, una vez más, como siempre, sin remedio ninguno, con mi maleta y mis cuartillas? Y oigo en el largo corredor unos pasos lentos, suaves. Y en la puerta aparece una anciana vestida de negro, limpia, pálida.

-Buenos días, Azorín.

-Buenos días, doña Isabel.

Y nos quedamos un momento en silencio. Yo no pienso en nada; yo tengo una profunda melancolía. La anciana mira inmóvil, desde la puerta, la maleta que aparece en el centro del cuarto.

-¿Se marcha usted, Azorín?

Yo le contesto:

-Me marcho, doña Isabel.

Ella replica:

-¿Dónde se va usted, Azorín? Yo le contesto:

-No lo sé, doña Isabel.

Y transcurre otro breve momento de un silencio denso, profundo. Y la anciana, que ha permanecido con la cabeza un poco baja, la mueve con un ligero movimiento, como quien acaba de comprender, y dice:

-¿Se irá usted a los pueblos, Azorín?

-Sí, sí, doña Isabel -le digo yo-; no tengo más remedio que marcharme a los pueblos.

Los pueblos son las ciudades y las pequeñas villas de La Mancha y de las estepas castellanas que yo amo; doña Isabel ya me conoce; sus miradas han ido a posarse en los libros y cuartillas que están sobre la mesa. Luego me ha dicho:

-Yo creo, Azorín, que esos libros y esos papeles que usted escribe le están a usted matando. Muchas veces -añade sonriendo- he tenido la tentación de quemarlos todos durante alguno de sus viajes.

Yo he sonreído también.

-¡Jesús, doña Isabel! -he exclamado fingiendo un espanto cómico-. ¡Usted no quiere creer que yo tengo que realizar una misión sobre la tierra!

-¡Todo sea por Dios! -ha replicado ella, que no comprende nada de esta misión.

Y yo, entristecido, resignado con esta inquieta pluma que he de mover perdurablemente y con estas cuartillas que he de llenar hasta el fin de mis días, he contestado:

-Sí, todo sea por Dios, doña Isabel.

Después ella junta sus manos con un ademán doloroso, arquea las cejas y suspira:

-¡Ay, Señor!

Y ya este suspiro que yo he oído tantas veces, tantas veces en los viejos pueblos, en los caserones vetustos, a estas buenas ancianas vestidas de negro; ya este suspiro me trae una visión neta y profunda de la España castiza. ¿Qué recuerda doña Isabel con este suspiro? ¿Recuerda los días de su infancia y de su adolescencia, pasados en alguno de estos pueblos muertos, sombríos? ¿Recuerda las callejuelas estrechas, serpenteantes, desiertas, silenciosas? ¿Y las plazas anchas, con soportales ruinosos, por las que de tarde en tarde discurre un perro o un vendedor se para y lanza un grito en el silencio? ¿Y las fuentes viejas, las fuentes de granito, las fuentes con un blasón enorme, con grandes letras, en que se lee el nombre de Carlos V o Carlos III? ¿Y las iglesias góticas, doradas, rojizas, con estas capillas de las Angustias, de los Dolores o del Santo Entierro, en que tanto nuestras madres han rezado y han suspirado? ¿Y las tiendecillas hondas, lóbregas, de merceros, de cereros, de talabarteros, de pañeros, con las mantas de vivos colores que flamean al aire? ¿Y los carpinteros -estos buenos amigos nuestros- con sus mazos que golpean sonoros? ¿Y las herrerías -las queridas herrerías- que llenan desde el alba al ocaso la pequeña y silenciosa ciudad con sus sones joviales y claros? ¿Y los huertos y cortinales que se extienden a la salida del pueblo, y por cuyas bardas asoma un oscuro laurel o un ciprés mudo, centenario, que ha visto indulgente nuestras travesuras de niño? ¿Y los lejanos majuelos a los que hemos ido de merienda en las tardes de primavera y que han sido plantados acaso por un anciano que tal vez no ha visto sus frutos primeros? ¿Y las vetustas alamedas de olmos, de álamos, de plátanos, por las que hemos paseado en nuestra adolescencia en compañía de Lolita, de Juana, de Carmencita o de Rosarito? ¿Y los cacareos de los gallos que cantaban en las mañanas radiantes y templadas del invierno? ¿Y las campanadas lentas, sonoras, largas, del vetusto reloj que oíamos desde las anchas chimeneas en las noches de invierno?

Yo le digo al cabo a doña Isabel:

-Doña Isabel, es preciso partir.

Ella contesta:

-Sí, sí, Azorín; si es necesario, vaya usted.

Después yo me quedo solo con mis cuartillas, sentado ante la mesa, junto al ancho balcón por el que veo el patio silencioso, blanco. ¿Es displicencia? ¿Es tedio? ¿Es deseo de algo mejor que no sé lo que es, lo que yo siento? ¿No acabará nunca para nosotros, modestos periodistas, este sucederse perdurable de cosas y de cosas? ¿No volveremos a oír nosotros, con la misma sencillez de los primeros años, con la misma alegría, con el mismo sosiego, sin que el ansia enturbie nuestras emociones, sin que el recuerdo de la lucha nos amargue, estos cacareos de los gallos amigos, estos sones de las herrerías alegres, estas campanadas del reloj venerable, que entonces escuchábamos? ¿Nuestra vida no es como la del buen caballero errante que nació en uno de estos pueblos manchegos? Tal vez, si, nuestro vivir, como el de don Alonso Quijano el Bueno, es un combate inacabable, sin premio, por ideales que no veremos realizados... Yo amo esa gran figura dolorosa que es nuestro símbolo y nuestro espejo. Yo voy -con mi maleta de cartón y mi capa- a recorrer brevemente los lugares que él recorriera.

Lector: perdóname; mi voluntad es serte grato; he escrito ya mucho en mi vida; veo con tristeza que todavía he de escribir otro tanto. Lector: perdóname; yo soy un pobre hombre que, en los ratos de vanidad, quiere aparentar que sabe algo, pero que en realidad no sabe nada.


Azorin, en La ruta de Don Quijote.

(posted by S. D.)

Friday, December 01, 2006

El Abasto visto desde Av. Santa Fe

Es un fenómeno global muy años noventa. El Río de la Plata no le fue ajeno, en aquella década que creyó vivir en sincronía planetaria. En inglés lo llaman gentrification: es la transformación de barrios lúmpenes, peligrosos e intensos en paraísos inmobiliarios para las clases medias. Un ejemplo extremo lo vive la Ciudad Vieja de Montevideo, donde jóvenes arquitectos y diseñadores uruguayos pusieron todo su ingenio, auspiciados por un programa de la Unión Europea, en transformarla en algo parecido a South Beach, Miami. Pintaron de color pastel los edificios de principios del siglo XX y arruinaron su pátina gris, reemplazaron los plátanos por palmeras, y en las calles, ahora transformadas en peatonales con baldosas chic, pululan remolinos de alambre y cemento que, se dice, espantan a la gente al caer la noche –son obras contemporáneas. En Buenos Aires, el fenómeno arrasó, a medias o totalmente, con Puerto Madero, con Palermo, San Telmo, Montserrat, La Boca, Flores.

Ya desde su título, Las trampas de la cultura se propone discutir, y cuestionar, estos proyectos de ennoblecimiento de los barrios “bajos”. El objeto de estudio elegido: un barrio emblemático de Buenos Aires, el Abasto. Y lo hace una mujer, que es doctora en antropología, novelista, y poeta inédita. María Carman ha emprendido un estudio -ha sido antes una tesis- que aspira a los fueros universitarios. Pero no siempre, o no del todo, porque el estilo y el fondo de la investigación se nutren de las imaginaciones de la narrativa de ficción y aun de la poesía. El primer capítulo, “Una intrusa entre los intrusos”, es explícita reflexión personal, literaria, de lo que experimentó Carman a lo largo de su prolongado trabajo de campo: “Me acababa de casar y, por consiguiente, me acababa de mudar a un modesto barrio a pocas cuadras del Abasto. Yo, que siempre había vivido en el próspero y luminoso centro de la ciudad, sobre la tumultuosa Santa Fe, la avenida comercial del corazón de Buenos Aires”.

En los seis restantes y pletóricos capítulos se lee un trazado puntilloso de la metamorfosis que sufrió el Abasto. Desde la construcción del shopping hasta la mercadotecnia del gardelismo enfrentada a las resistencias de los habitantes “ilegales” –transformados por la teoría que abraza Carman en “agentes sociales”.

Para el lector argentino, es un tema que acaso despierte resonancias del sociólogo Pierre Bourdieu (1930-2002), bien traducido al español y conocido en los medios académicos locales. Estos ecos son legítimos, no tanto por la frecuencia con que se citan al autor francés y sus propuestas, sino por el impulso de la autora en desconfiar que la cultura, efectivamente, pueda hacer algo por la pobreza. Al lector cínico que piense que no hace falta gastar energía en este cuestionamiento, tal vez baste, para que cambie de opinión, con recordarle el slogan del depuesto Jefe de Gobierno porteño Aníbal Ibarra, que el prólogo del libro cita: “Si tenemos mucha cultura, tendremos menos pobreza”.

Justamente en el prólogo, que se debe a Mónica Lacarrieu, leemos que Las trampas de la cultura es “sin duda una de las miradas más transgresoras sobre la problemática urbana”, que es “removedor de los ‘lugares comunes’ rigidizados”, y propone una descripción del entero volumen: “Desde lo objetivo a lo subjetivo, de lo material a lo simbólico, de lo social a lo cultural, desde los ocupantes a los pobres urbanos, desde cada uno de ellos hacia su condición construida, desde la pertenencia étnica-cultural, el libro nos abre el camino hacia una multiplicidad de lecturas sobre la problemática tratada”.

Entre lo más interesante del libro hay que destacar justamente el lugar que la autora le concede a las palabras de las personas que resisten esa gentrification promovida por los empresarios, pero también por el gobierno. Los intereses, desde luego, resultan insalvables, y la lucha por el “espacio urbano”, necesariamente incongruente. Mientras unos hablan de hacer negocios o de ejemplaridad civil, los otros hablan de sobrevivir (de abrir una canilla y que salga agua). El proceso de ennoblecimiento no ha sido completo en el Abasto, ni muchos menos (y a media cuadra del shopping todavía se puede comer por cuatro pesos --en restorán peruano de migrantes salvados del Niño o de alguna otra catástrofe-- un menú completo de sopa, lomo saltado y refresco).

Un viejo adagio recuerda con insistencia que el sufrimiento humano no se resuelve con teoremas de ingeniería civil, ni con fórmulas econométricas. Coincidirán, con la mayoría de las palabras de Carman en su libro, aquellos que más sufren la vida en Buenos Aires, ciudad multi-étnica si se quiere, pero jamás multi-cultural.

S. D

Monday, November 27, 2006

69' año erótico

Desde su primera novela V (1963), Thomas Pynchon ha sabido esculpirse una efigie única en la literatura norteamericana. Efigie monumental, pero sin rostro, sin presencia pública, sin entrevistas, sin fotografías ni domicilio fijo, que sólo habla oblicuamente, a través de novelas gigantescas que segrega desde madrigueras ocultas. En 1997 publicó Mason & Dixon, de 774 páginas, que Página/30 anticipó en español en acertada selección de Rodrigo Fresán. Esta novela histórica ostentaba en su título a sus protagonistas: los dos peritos topógrafos británicos que en el siglo XVIII fijaron el límite entre los estados de Pennsylvania y Maryland -–la frontera donde comenzaba la esclavitud. Ahora, a los sesenta y nueve años Pynchon terminó Against the Day, son 1120 páginas, y desde el martes lo ofrecen las librerías norteamericanas. Con ella Pynchon regresa a una escena contemporánea, y abandona la tensión sexual no resuelta entre dos hombres que era el encanto que sostenía --como por arte de magia, sin realismo-- a su novela anterior.
Habitualmente, en el mundo anglonorteamericano, las editoriales bien instaladas hacen llegar a los medios volúmenes de los libros, antes del lanzamiento oficial, para que la publicación de reseñas y comentarios coincida con la distribución. Decir que la crítica no fue favorable con Against the Day es una figura de disimulación irónica. “Parece una imitación de Pynchon escrita por un fan tenaz pero idiota y drogado”, estalla Michiko Kakutani, del New York Times. Que agrega que las mil cien páginas componen “un rompecabezas monstruoso, pretencioso sin ser provocativo, elíptico sin ser iluminador, complicado sin ser complejo”. También cáustico busca ser el New Yorker, que lo califica de “novela sin forma, metros y metros de papel llenos de adornos al estilo de Pynchon”. “Ni siquiera Pynchon entiende lo que escribe”, se pronuncia el semanario Time. “Uno puede pasarse veinte horas leyéndolo encerrado en un bunker sin interesarse ni por una coma”, comenta el Seattle Time. El presidente del National Book Critics Circle, John Freeman, dice que la novela “no está escrita a escala humana”. Representa un regreso del autor al realismo mágico que ya florecía en su primera novela, donde eran conspicuos personajes los lagartos albinos de las cloacas de Nueva York. En Against the Day hay una inmersión casi fatal en un estanque de mayonesa, hay un perro que lee en francés, se visita un legendario reino de Shembala en el Tibet, una misteriosa explosión estalla en Siberia en 1908. Se trata de una novela-río, ese género middle-brow del período de entreguerras. Pynchon se extiende entre la Revolución Industrial y la Revolución Mexicana, y mueve a decenas de personajes que representan las ansiedades de nuestra era tan capitalista.
Durante décadas, Pynchon supo ser elogiado, porque encarnaba un canon estético de las academias y de los medios gráficos, que cortejaban su imagen de elusiva celebrity. En los 60 halagaba el simbolismo de los religiosos New Critics en decadencia, a la vez que anunciaba la aurora del realismo mágico, en los 70 fue el heraldo de la metaficción, en los 80 del posmodernismo, en los 90 de la resurrección de la novela histórica. Las voces en su contra, como las de Gore Vidal o Dale Peck, quedaban asordinadas en la algarabía. Hoy los críticos, sin decirlo, parecen coincidir en que esta última novela le daría la razón a Vidal: cada escritor tiene que pensar, antes de agregar una sola palabra más a la página.

S. D.

Wednesday, September 06, 2006

Un sano pasatiempo familiar

Se metieron con Sadam, y cayó. Con Mel Gibson, y, bueno... Con Tom Cruise, y lo echaron del trabajo. Pero antes también con el cazador de cocodrilos, el pobre Steve Irvin.

Saturday, August 26, 2006

Al rincón no / Not in the corner, please.


SEATTLE—Daniel Barriault is serving a time-out for a crime the 5-year-old claims he didn’t commit. Charged with possession of three Oreo cookies only a half-hour before supper and sentenced to a bare 8-by-12-inch bedroom corner for eight minutes, Barriault has had just one thing on his mind while waiting for his release. One thing and three people.
"Just a little while longer now", said Barriault, who slowly counted down his corner term to 20 before becoming confused and having to start all over again. "I’ve learned my lesson, but what they don’t realize is that their lesson has not even yet begun."
After four failed getaway attempts into the basement, Barriault was apprehended early Monday evening by household penal authorities Mommy and Daddy, likely operating on an anonymous tip from the "queen of all snitches," Barriault’s older sister, Ashley, 7.
"I may have been innocent when they put me in here, but I’m sure as heck not innocent now," said Barriault, who has served time-outs for a wide range of offenses over the years, including public misconduct, second-degree assault of a sibling, and vandalism misdemeanors when only 17 months old. "They took eight minutes of my life away, eight minutes of playtime I’ll never get back, eight minutes of cartoons I’ll never get the chance to experience—and for that, they will pay."
Monday’s capture of the young repeat offender was followed by a lengthy and disorderly trial, in which Barriault, who chose to represent himself, deliberately disrupted the proceedings by screaming and running around in circles until he had to be forcibly detained. Barriault alleges that he was then escorted with unnecessary force to his bedroom, made to empty out his pockets of three Yu-Gi-Oh! trading cards before being "worked over good by Mom" and receiving his sentence.
It remains unclear whether Barriault was ever offered a deal for apologizing for his behavior.
"In this corner, you have plenty of time to think," said Barriault, who claimed to have "tons of friends on the outside," including Jimmy, Josh, and Nana and Papa. "I know exactly what I’m going to do when my time is up. Who I’m going to visit. Plans? Yeah, you could say I’ve got some plans."
According to Barriault, being in the corner "is unlike anything else in the world." It can break the spirit of even the toughest of 5-year-olds, crush their confidence, and reduce them to nothing more than a "stupid little baby."
"This place, it can make a preschooler forget who they are, why it is they don’t like to share their Matchbox cars with other kids, what exactly about the taste of cauliflower makes it so yucky," added Barriault, who admitted that he can no longer remember what the touch of a good crayon feels like. "I wouldn’t wish this place on my worst enemies. No. I’ve got something entirely different in store for them."
Fidgeting either in anticipation of his release or from a growing urge to use the bathroom, Barriault told reporters Monday that despite not even being in the first grade, he never forgets a face.
"I’ve done my time. I’ve been a good little boy who’s seen the error of his ways," said Barriault with a smile. "And as soon as I get out, I’ll make things right. I’ll make sure everything gets made right. Cross my heart and hope to die."
"Stick a needle in my eye," he added.

En The Onion, 21 de agosto de 2006.

Thursday, August 10, 2006

Buenos Aires, guía de pecadores

Cuando el terco lector se encuentra con una guía extranjera de la ciudad donde vive, probablemente espere encontrar algo que ignora en medio de un caos de inexactitudes. Tal vez el mejor elogio para el libro del profesor Jason Wilson (University College, London) sea que su libro decepciona doblemente aquellas expectativas entre malevolentes y conservadoras. No hay en Buenos Aires: A Cultural and Literary Companion (Prefacio de Alberto Manguel. Oxford: Signal Books, 1999, 250 + XII páginas, reeditado este año) ni lo uno ni lo otro: ni descubrimientos laterales ni grandes errores. Hay, sí, unas cuantas erratas para gratificar al ojo, especialmente en el lenguaje y la toponimia en español. Pero es en suma una guía útil, aunque no lo sea para argentinos.

Buenos Aires: A Cultural and Literary Companion se abre con un capítulo introductorio (págs. 4-56), que es histórico y morfológico. De los más de cuatrocientos años de la capital argentina Wilson nos narra sus otros tantos golpes, con los habituales insultos para la oligarquía agroganadera y los no menos habituales e insulsos cumplidos para Perón y Evita. Se describen el lenguaje, las comidas (las empanadas, “most delicious snacks in the world”, según el poeta P. J. Kavanagh -citado en pág. 38-, sin olvidar el revuelto gramajo, preferido por la hija de Wilson), los cafés (el preferido del autor era El Blasón, en Pueyrredón y Las Heras, cerca del departamento que le había prestado, a cambio del suyo en Londres, Oscar Masotta), los tranvías de ayer y los colectivos de hoy (Wilson nos advierte, razonablemente, que tengamos cuidado con los punguistas).

Después de esta introducción, el libro consiste en una rosa de los vientos, con cuatro capítulos, uno para cada punto cardinal – por supuesto, el Centro funge de Este en la ciudad junto al río inmóvil. Como era de esperar, Wilson es mejor, y más abundante cuando habla del Centro y del Norte que del Sur y del Oeste. Sobre estos barrios, él encuentra más cosas en los libros. Y ahí viven todos sus amigos. Las otras zonas, más grandes y más populosas, no permiten la cita oportuna de Octavio Paz, ni siquiera del “Marxist-Sartrian Juan José Sebreli” (pág. 81) o del “novelist Mempo Giardinelli (1947-)”, que dispone de seis entradas en el index.

En el prefacio, Alberto Manguel cuenta, en una memoria porteña, que su barrio era Belgrano y que las aventuras estaban en el Centro. Este eje norte-centro domina ideológicamente el libro, y no sólo por la cantidad de páginas que se le asigna. Como es poco probable que el flâneur extranjero se aparte de él, éste no es un reproche mayor. Más importante es otro problema: la dificultad para separar el pasado y el presente en las descripciones de lugares y ambientes, unida al gusto por mitos dudosos que acaso nunca fueron pero que con toda seguridad ya no son. La Guía Pirelli: Buenos Aires, sus alrededores y las costas de Uruguay de Diego Bigongiari, que Sudamericana publicó en 1993 (ahora está agotada), resolvía esta dificultad con elegancia –y es una fuente que Wilson usa, y no siempre cita.

En suma, Buenos Aires: A Cultural and Literary Companion es una guía útil para extranjeros, y aún lo sería para extranjeros hispanófonos. Parece más difícil de tentar con ella a un lector argentino. Pero podría tentar a españoles, y hasta a visitantes hispanoamericanos en Buenos Aires.

Javier de Pablo

Wednesday, August 02, 2006

Mujer, asiática, londinense, sin visa

Marie Claire y Hilary Mantel, Meera Syal y Vogue, The Guardian y Daily Telegraph no pueden equivocarse todos juntos: el debut de Monica Ali es un gran libro, una golosa transfusión de sangre para la exangüe novela inglesa. El de estas autoras y estas publicaciones es un consenso más bien monódico, sin esas polifonías de voces que se separan en los detalles para confluir en el torrente de elogios. Todos coinciden en que Brick Lane (Londres: Doubleday, 2003, 492 páginas, reeditada desde entonces) es la gran novela de la inmigración asiática. Y como los inmigrantes no son anémicos, de esa premisa se deducen todas las virtudes sanguíneas del libro de Ali.
La anécdota que está en el origen de Brick Lane es una que se ha leído y visto en libros y films desde que el feminismo existe. Sólo varían la toponimia y la onomástica. En este caso es el East End de Londres (la toponimia no varió), y una joven bangladeshí para la cual su familia arregló un casamiento. De esta consigna un tallerista literario aplicado, sin levantar la cabeza ni espiar la hoja del vecino, escribe una buena novela, y Monica Ali hizo eso.
Brick Lane fue saludado como el retorno a Dickens, a la sólida tradición realista del siglo XIX, a los conflictos de familia y trabajo en una ficción que los descuidaba. Pero el libro es muy diferente de A Suitable Boy del indio Vikram Seth, que sí podía reclamarse del linaje evocado: una verdadera novela social, una novela de maneras, donde todos los estratos se encontraban y desencontraban, y donde la narración avanzaba desde el detalle empíricamente observable hasta el interior de las conciencias, y no a la inversa. Para Ali, que respeta la consigna de taller, lo importante no es el mundo visible, sino lo que ocurre en el interior de las cabezas de los protagonistas. Todo está contado desde los puntos de vista de los personajes, en un estilo indirecto libre de estricta observancia, salvo que no parece indirecto libre, porque Ali, aparentemente, no se da cuenta de que había otras posibilidades (faltó a esas clases del taller). Estilo es elección, pero Ali se conforma con la primera góndola, y no le interesa mirar el resto del supermercado.
Nunca importa para Ali the problem of other minds: de que sí existen está convencida. Esa convicción, esa dimensión mental de los inmigrantes está en la base del gusto británico por la novela de esta autora nacida en Bangladesh. Fue finalista del premio Booker 2004, que finalmente se llevó DBC Pierre con Vernon God Little, una sátira en el gusto Waugh-Amis (K.).
Como documento sociológico, Brick Lane es todavía más previsible que como texto literario: al inmigrante le cuesta adaptarse, pero cuando recibe dinero por su trabajo comienza a gustarle el país al que llegó, sufre los desgarramientos contrarios entre sí de la tradición y de la modernidad, finalmente se arraiga y puede disfrutar de lo mejor de dos mundos después de un doloroso proceso. Un “equipo de intelectuales” bangladeshíes presentó una virulenta carta a la editorial Doubleday pidiendo cortes y cambios en la novela; a Monica Ali le negaron una visa para visitar Bangla Desh, el país donde nació.

Javier de Pablo

Tuesday, August 01, 2006

Rushdie vs. Greer


Se conocieron en la universidad, y al parecer nunca había sido buena la relación. Ahora The Guardian hace pública una batalla abierta entre el novelista poscolonial Salman Rushdie y la feminista Germaine Greer. Una batalla en nombre de la literatura y sus consecuencias. El tema, o el pretexto, fue una novela editada en inglés en Gran Bretaña, y que trata sobre el Islam. Como la novela ganó premios y fue un éxito de crítica y público, quisieron llevarla al cine. Pero cuando la leyeron los severos productores, dijeron que se trataba de una obra que se burlaba de la comunidad musulmana. Rushdie, indignado, está a favor del libro y, por supueto, también del film. Uno de los protagonistas del libro (Brick Lane, de Monica Ali, algo así como La callejuela de casas proletarias de ladrillo) parece un alter ego de Rushdie: "Un hombre gordo con cara de rana y el doble de sus años". Greer, en cambio, defiende el derecho de la comunidad musulmana a rechazar un libro que habla mal de los musulmanes. Rushdie le responde que incitarnos a "respetar la diferencia" es de por sí un gesto racista, al estilo de "aprendamos a convivir con la soriasis". El Guardian asegura que los furiosos vendedores de curry de la calle, llamada justamente Brick Lane, no leyeron una sola página del libro de la Ali. Así como tampoco de los Versos satánicos de Rusdhie, a quien sin embargo destestan, siguiendo lo que les enseñan los clérigos islámicos, que lo condenaron a muerte por esa larga y aburrida novela. Pronto, en este blog, una reseña del libro de la Ali.

S. D.

Mad Mel


¿No era de esperar la rabieta anti judía del director de la sado/anti-semita La Pasión de Cristo? Cuando unos policías californiandos lo detuvieron ebrio por conducir con exceso de velocidad (es muy fácil cometer este exceso en Estados Unidos), empezó a despotricar contra los fucking Jews. En Slate, se puede releer lo que Christopher Hitchens había revelado sobre Mel "Mad Mel" Gibson, ícono cultural de los teo-conservadores norteamericanos, esos neoconservadores que creen que tienen a Dios de su lado.

S. D.

Sunday, July 23, 2006

La eterna juventud del Dr. Mario Bunge

Como la de su casi compatriota el sociólogo italoargentino Gino Germani o la de su compatriota pleno el historiador Tulio Halperin Donghi, la obra del filósofo Mario Bunge ha logrado una difícil victoria en dos frentes: ha ampliado progresiva, omnívoramente sus intereses profesionales, pero a la vez ha profundizado su conocimiento de todos y cada uno de los temas que ha elegido. Como sus dos contemporáneos, Bunge ha emigrado a América del Norte, y con esto ha ganado para la filosofía de la ciencia, y la filosofía a secas, la misma perspectiva singular desde la que los otros dos escribieron sobre sociología e historia. Es este sesgo el que permite una obra notable como The Sociology-Philosophy Connection (New Brunswick: Transaction Publishers, 1999).

En este libro, Bunge combina dos métodos cuya feliz alianza es también improbable. Es a la vez sistemático y crítico. Expone con convicción una doctrina propia ("systemism") que, si no despertará conversiones masivas, sí provocará muchas veces la irritación. O los sentimientos encontrados de saberse deslumbrados o refutados. Pero también expone los fundamentos filosóficos, explícitos aunque generalmente ocultos y escamoteados, de las principales escuelas sociológicas que se suceden desde el siglo XIX. Aquí la perspectiva argentina, y aun canadiense, de Bunge resulta particularmente útil, y aspira a volverse indispensable. Bunge conoce con igual familiaridad las tradiciones sociales de Europa continental como las del llamado mundo anglosajón. Esta capacidad para circular por dos andariveles que prefieren no cruzarse y para faltar con puntualidad a las citas prefijadas de antemano es rara en los manuales de ciencias sociales. Y el libro de Bunge puede leerse como uno de los mejores de los libros de texto, redactado por un lazarillo muy seguro de su laberinto.

Mario Bunge también se ha hecho famoso en la Argentina por su pugnacidad, muy característicamente en lo que se refiere al psicoanálisis, casi la profesión más vieja del mundo en Buenos Aires y demás ciudades nacionales, y cada vez mejor establecida en las capitales latinoamericanas. Bunge no es menos combativo en esta obra, lo que vuelve a su lectura aún más interesante. El capítulo final, "In Praise of Intolerance of Academic Charlatanism", no es inferior al "Modest Proposal" del Dr. Swift, y podría ser editado en forma independiente como muy efectivo panfleto. Aquí combate a Pierre Bourdieu, una superstición tan difundida como los entusiasmos por momentos enceguecidos que despierta el psicoanálisis.

Javier de Pablo

Thursday, July 13, 2006

Historietas filosóficas

Al éxito de ciertos libros lo determina el gusto de ciertos públicos por determinados géneros. En Italia, en México, en Brasil, hay a la vez regusto y audiencia para lo que en italiano se llaman “elzeviri”. Son relatos breves (y filosóficos) a mitad de camino entre la crónica y la fábula con moraleja. Un género que siempre ostenta, u ostentaba, la “terza pagina” de los diarios italianos.
No es casual que Semplicità insormontabili (Roma-Bari: Laterza, 2004, 194 páginas), de los filósofos profesionales Roberto Casati (París, EHESS) y Achille Varzi (Nueva York, Columbia) haya sido traducido con éxito al portugués. Las 39 historietas (“elzeviri”) que compusieron, y que verosímilmente fueron antes serializadas en la prensa, podrían integrar -salvo por el hecho de que son menos graciosas-, el canon de Luis Fernando Verissimo. Como en el caudaloso y acaudalado escritor de Rio Grande, el pasmo por la vida moderna, el turismo, el mundo de los hombres visto por los animales integran un stock de chistes y agudezas que la Filosofía busca salvar de su debilidad.
El relato breve que da testimonio y prueba de los callejones sin salida de la filosofía, o -mejor aún-, que demuestra la necesidad de la Filosofía como cura o spa de lujo para las aporías del pensamiento corriente y el lenguaje ordinario, es un género tan viejo en Occidente y Oriente como la filosofía misma. En México y Guatemala, los autores que han intentado “elzeviri” propiamente filosóficos (Alejandro Rossi, Gabriel Zaid, Augusto Monterroso, el mismísimo Carlos Monsiváis con su catecismo para indios remisos) tuvieron un éxito variable. En Italia, el ingeniero argentino J. R. Wilcock intentó algo muy semejante a la empresa de Casati y Varzi con su libro Fatti inquietanti (1961), el primero que publicó en italiano. Una obra semejante en su concepción, pero muy superior en su ejecución. Sin embargo, la traducción castellana de este libro, a pesar del renombre que los suplementos culturales se empeñan en conferir a Wilcock, distó de ser un éxito entre el público.
En suma, como los libros de autores noruegos o franceses que resumen sin lágrimas la filosofía o la socialdemocracia para sus hijas, es difícil anticipar el éxito de Semplicità insormontabili. Como ocurre con las historietas-comics, como con las historias de cubículo de Dilbert, el efecto de la lectura corrida y cursiva es más fatigoso que la lectura ocasional de una fábula en su originaria serialización en un periódico. El libro requiere de un tipo especial de lectores que faltan para las letras hispanoamericanas; ciertas ausencias no son inexorablemente deplorables.

Javier de Pablo

Tuesday, July 04, 2006

De ángeles y de mormones

A la edad de nueve años, el capitán Thomas Mayne Reid era el autor favorito de sir Arthur Conan Doyle, según leemos en Memories and Adventures (1924). Afortunadamente, también parece haberse ganado el lugar de autor dilecto para Michel Tournier (que nació en 1924), cuando el francés dobló ya la curva de su séptima década. Así lo demuestra Eléazar ou la Source et le Buisson (Paris: Gallimard, 1996, 142 páginas). Gracias a su ascendencia irlandesa, un soltero como Reid (1818-1883) era sin embargo un escritor recomendable a los ojos de los padres del padre de Sherlock Holmes. A éste, como después a su provecto lector francés, lo impresionaron favorablemente las experiencias norteamericanas del capitán Reid, que incluían una amistad admirativa con Edgar Allan Poe. En el primer capítulo de The Scalp Hunters (1852), Reid oponía con nitidez los paisajes contrastantes del desértico oeste-sudoeste norteamericano -que son los del primer capítulo de la segunda parte de A Study in Scarlet (1887), la primera aventura de Sherlock Holmes- y los de la Canaán californiana que ocupa al bíblico protagonista irlandés de Eléazar.

Tournier reúne en Eléazar dos mitos probadamente eficaces: el mito de la Tierra Prometida y el mito de la venganza. Como el desnudo Robinson de Vendredi ou les limbes du Pacifique (1967), Eléazar se encuentra a disgusto entre sus contemporáneos; como el Abel Tiffauges de Le Roi des Aulnes (1970), está en su elemento entre símbolos teológicos y mitológicos, entre niños de nueve y pocos años más. A la luz de estas compañías, Eleazar reinterpreta su aventura, que para un historiador sería la de tantos irlandeses famélicos que llegaron a Estados Unidos huyendo de la isla y del fracaso de las cosechas de papa. Eléazar confunde el mundo feérico con la realidad: para él, su propia existencia es una fábula, como lo es la novela de Tournier.

Los ángeles ocupaban un lugar conclusivo en Gaspard, Melchior et Balthazar (1978). Cuando, después de treinta y tres años de gozoso cautiverio entre los sodomitas, el D'Artagnan de los reyes magos, Taor, príncipe de Mangalore -que había llegado a Belén el 28 de diciembre, para encontrar a la ciudad atareada en la masacre de los Inocentes-, golpea en la puerta de José de Arimatea, encuentra la casa vacía, pero también trece copas, un poco de vino y un poco de pan. Bebe y come. Después, los ángeles se llevan a este retardatario de la eucaristía y con ello acaba el libro.

En Eléazar, los ángeles están en tierra de ángeles, donde dictaron a Joseph Smith su Libro de Mormón. Un discípulo de Alejandro Dumas, el tuberculoso Robert Louis Stevenson, había anticipado el revés demoníaco de los adoradores de los ángeles en More New Arabian Nights: the Dynamiter (1885), en el cual unos paramilitares mormones hacen que los fugitivos se retiren "on seeing on the face of the rock, drawn very rudely with a charred wood, the great Open Eye which is the emblem of the Mormon faith". Los presagios, las señales en la roca o en el mar, las profecías a posteriori abundan en Eléazar. Es el mejor libro de Tournier en dos decenios, y uno cuya traducción al español los suplementos culturales saludarán debidamente. El germanista Tournier demostró que podía ser americanista, pero esa potencialidad suele ser un destino.

Javier de Pablo

Tuesday, June 20, 2006

Santiago de Chile, junio de 2006.



En una primera impresión, desde luego estereotípica, Santiago de Chile parece una ciudad masculina, a diferencia de ese eterno femenino que es Buenos Aires. Los bares de piernas, el humor extremado, infantil y sexual de los santiaguinos, el orgullo patrio, la afición por los alcoholes, las miradas que saben ser arteras... En el bar Munich, casi Ñuñoa, domingo a la noche, un hombre canta encima de un bolero, se sube a la mesa, señala vagamente la calle. Hay cuatro o cinco hombres, también ebrios o semi-ebrios, lo miran con atención, lo aprueban, aplauden. Entra una chica delgada y con gorro, pide vino, no se entiende qué cosas dice, su aspecto es el de alguien que lleva días bebiendo. Habla desde el teléfono público. Empieza a llorar, se va. “Lo dejó su novio”, nos dice el hombre que tenemos al lado.
“Santiago sigue siendo un hervidero de la picaresca clásica. Por eso la recurrente proposición de que ‘Santiago es fome’ habla más que nada de la fomedad de quienes la enuncian, por lo general personas demasiado pendientes de la cartelera cultural y poco de la vida que pasa ante sus ojos”. Naturalmente, esa vida muchas veces no es pintoresca sino trágica, o triste. El escritor y periodista santiaguino, Roberto Merino, reunió sus crónicas de esta ciudad que quiere convertirse en la más moderna de Latinoamérica, y apela para ello a un deporte nacional: la destrucción de sus zonas más intensas y tradicionales. El libro se llama Horas perdidas en las calles de Santigo (Sudamericana, 2000, 280 páginas) y en el prólogo el autor señala: “En 1972, cuando tenía diez años y estaba en sexto, la profesora nos dio una tarea para ocupar en algo útil uno de esos extraños momentos de la escolaridad llamados ‘horas libres’: pintar un cuadro realista de cualquier rincón de la ciudad. Yo elegí la plazoleta de la iglesia de San Francisco, al borde de cuya fuente solía sentarme a la salida del colegio a pasar el rato con mis compañeros que esperaban ‘la Canal’ (el micro del recorrido Canal San Carlos, que subía por Providencia para perderse después Tabalada adentro). Tomándome al pie de la letra la petición de realismo, en mi pintura reproduje la palabra ‘pico’ que alguien había escrito en uno de los muros de la iglesia. Por supuesto que este exceso de celo fue pésimamente recibido, pero yo tenía la excusa –sobre todo después, ante el tribunal familiar- de que me habían dicho ‘pinta lo que ves todos los días’.
Es decir, me hice el tonto, porque sé que privadamente disfrutaba la socarronería. El bien del mal lo distinguía a un kilómetro, como también lo decente de lo procaz. De modo que había un temprano ejercicio de hipocresía en la licencia que me tomaba: representé una edificación prestigiosa –la casa del Pobre de Asís y a la vez un hito de la historia de Chile, características meritorias ante los ojos del profesorado- pero encontré la manera de introducir una versión innoble de ‘la voz de la calle’ para satisfacer un tipo de humor que puedo reconocer aún hoy entre mis debilidades”.

Sergio Di Nucci

Thursday, June 08, 2006

De un momento a otro: Historia latinoamericana al instante

"Al momento de escribir este artículo Alberto Fujimori lleva casi cuatro años en el poder", se lee en la página 98 de Historia escrita (Traducción de Laura Emilia Pacheco. México: Plaza y Janés, 2001, 184 páginas) de la periodista mexicana Alma Guillermoprieto. Al momento de redactar este post, en cambio, Fujimori estuvo más de diez años al frente del Perú, fue reelegido dos veces presidente en elecciones generales, vive exilado en Japón, y, desde el 11 de junio de 2001, espera que de un momento a otro llegue el agente de Interpol que lo arreste porque media en su contra una denuncia del Congreso peruano por crímenes contra la humanidad. El paso del tiempo entre los acontecimientos narrados y analizados y el momento de su lectura es tal vez el rasgo más característico del libro periodístico, en el sentido más mejorativo que pueda darse a este adjetivo equívoco, que es Historia escrita. Por cierto, comparte este rasgo con muchos libros; más con aquellos que pueblan las mesas de saldos que con aquellos que despueblan las de novedades. El restricto género al que pertenece es la reflexión sobre el pasado reciente. Es decir, la historia antes que la futurología, el gusto por el pasado antes que por erigirse en orientación sobre los rumbos de una actualidad esquiva aun a las profecías más sabias.
"Si me atrevo a ofrecer a los lectores los textos que conforman este libro", dice Guillermoprieto en la "Introducción" (p.5), es para "recrear" a los "actores políticos de nuestra época". Una época, la nuestra, que está definida en términos temporales amplios. De su pentagonía, Marcos, Evita, El Che, Fidel y Vargas Llosa, la abanderada murió en 1952 y el guerrillero fue asesinado en 1967. En estos dos últimos casos, los artículos que Guillermoprieto propone ganan su actualidad porque se trata de notas bibliográficas (de 1996 y 1997) que reseñan obras, cinematográficas y biográficas, dedicadas en la década de 1990 a biografiar a esas dos personas argentinas exportables par excellence. El artículo sobre Fidel es también ampliamente informado y bibliográfico.
La extensa reseña de 1994 de la autobiografía de Mario Vargas Llosa, El pez en el agua, es una de las mejores piezas que se hayan escrito sobre el exitoso novelista y fallido candidato presidencial peruano. Desde el punto de vista político, sin embargo, despertará, inevitablemente, sonrisas en algunos lectores profetas del pasado, sobre todo cuando Guillermoprieto explica, con las razones más plausibles que se conseguían en 1994, cómo no se debe hacer campaña política en el Perú. Porque Alejandro Toledo acabó por ganarle las elecciones presidenciales peruanas, con el apoyo de Vargas Llosa, y un programa económico neoliberal nada desemejante, a un Alan García al que se había declarado muerto más allá de toda resurrección cardíaca.
Los dos artículos sobre el zapatista Marcos demuestran parejos poderes analíticos, aunque casi todo lo que se dice aquí puede leerse, es cierto que menos condensadamente, en otros lados. Tampoco puede reprochársele a su autora todo lo ocurrido después, como que ya estemos del otro lado de esa larga marcha sobre México DF cuyo anuncio es el gran interrogante de la página 181 y final del libro.
La traducción española de una obra tan latinoamericana escrita en inglés, que avanza desde el Cono Sur hasta México, eligió la vía de un lenguaje al mejor estilo MTV latino, reconocible por todos y no filiable por nadie. A veces, sin embargo, no tan reconocible, por imperio del anglicismo: se llama "deuda exterior" a la deuda externa, "confederaciones laborales" a los sindicatos; hay otros desafíos a la inteligencia del lector. También hay descuidos: Miguel Gutiérrez Correa (p. 83) se convierte en la misma página en González Correa, etc.
En suma, a favor de Historia Escrita obra en primer lugar el valor intrínseco del libro, pero no su actualidad. En segundo lugar, su muy razonable extensión, que permite a quienes no leen o no coleccionan The New York Review of Books tener entre dos tapas y en latino una útil antología de temas hispanoamericanos, ellos sí de actualidad en sentido amplio, desde una no menos razonable posición liberal.

Javier de Pablo

Sunday, June 04, 2006

Si Loach confunde historia con ficción


Hombre de izquierda, el cineasta británico Ken Loach, reciente triunfador en el Festival de Cannes, juzga culpable de “máxima traición” al Partido Laborista. No al actual, guiado por Tony Blair: eso se da por descontado. Sino al de los años 80s, mucho más de izquierda. Entrevistado por Tom Behan para la revista de historia Zapruder (Ediciones Odradek), Loach afirma que, en ese entonces, “los dirigentes laboristas estaban por la ruina de los mineros y la victoria de Thatcher” en el dilema sindical que dividía al país. Además, deduce el director, “su proyecto fue siempre salvaguardar el capitalismo”.
Hay más. Evocando su film sobre la guerra de España Tierra y Libertad, Loach revela que Stalin quiso sofocar los movimientos revolucionarios ibéricos, “porque estaba tejiendo lazos económicos con Occidente”. En realidad, agrega, la propaganda sobre la amenaza soviética era “ridícula”, porque la experiencia española demostraba ampliamente que Moscú no tenía intenciones agresivas reales. Por eso la guerra fría, según Loach, fue, toda ella, una gigantesca “burla” dirigida a la opinión pública. La guerra civil en Grecia, el golpe de Praga, el bloqueo de Berlín, Corea, Budapest 1956, la crisis de los misiles en Cuba: puro humo en los ojos de aquellos ingenuos que creyeron en la contraposición entre la Urss y Occidente.
¿Qué decir? A Loach no le falta pasión, además de talento artístico. Pero acaso ame demasiado su trabajo de cineasta. Al punto de trocar la historia con la ficción.

Antonio Carioti (para el C.d.S., 3 de junio de 2006).

Saturday, May 20, 2006

De pronto, el campus: Latinoamérica vista desde Harvard

A la producción histórica, sociológica, politológica, y económica sobre el pasado latinoamericano más reciente le resulta inútil pretender escaparse de dos peligros tan complementarios como implacables. Tanto más, cuanto ha sido emprendida en el mundo universitario norteamericano. Desde el punto de vista periodístico, sus temas y tópicos están lo suficientemente alejados del presente como para que el ayer y anteayer en que se ubican hayan perdido todos los prestigios y atractivos comerciales de una novedad o de una iluminación sobre una coyuntura oscura o de otro modo menos inexplicable. Y desde el punto de vista académico, el pasado al que se refieren está lo suficientemente cerca como para que sea imposible, más acá de los méritos de los autores, que estas investigaciones se conviertan en textos standard, más o menos definitivos y establecidos como referencias y perspectivas a tomar en cuenta de una manera relativamente inexorable.

Estas advertencias generales se verifican plenamente en el caso especial de Audacious Reforms: Institutional Invention and Democracy in Latin America (Baltimore and London: The Johns Hopkins University Press, 2000, 272 páginas), de Merilee S. Grindle, profesora de Desarrollo Internacional en la Universidad de Harvard. Su tema son aquellas reformas que en Venezuela, Bolivia y Argentina se proponían permitir una mayor participación ciudadana en los gobiernos regionales, locales y comunales. El énfasis está puesto sobre la ampliación de los derechos políticos, sobre la capacidad activa de elegir y pasiva de ser elegido en las municipalidades y gobiernos autónomos de las ciudades. ¿Por qué los Estados, las élites políticas y los partidos renuncian a ejercer un poder directo y discrecional y lo ceden a la ciudadanía? Esta es la pregunta que funciona como heurística de Audacious Reforms. Hay que decir que es una pregunta ingenua, cuyos supuestos no tienen justificación, aunque sean muy estudiadas (por la autora) las respuestas y estén dispuestas en cuadros sinópticos ("boxes") muy primorosos (es imposible mirar el de la página 36 sin sonreír).

El problema mayor del libro es que el tópico preferido parece haber perdido la relevancia que su autora le auguraba, acaso con excelentes razones, cuando inició la investigación. Los cambios revolucionarios de la presidencia de Hugo Chávez en Venezuela, la protesta social en Bolivia, las consecuencias de la terca recesión argentina barrieron o dejaron en un muy segundo plano las trabajadas mutaciones institucionales que interesan a Grindle, a veces desde un punto de visto demasiado jurídico -en el sentido más estrecho del término. Por supuesto que esas metamorfosis se encuentran muy bien analizadas, que la perspectiva comparativa es muy útil y aun indispensable para entenderlas, y que el lector informado queda mucho más enterado de innúmeros aspectos después de leer el libro y sabe que no perdió todo su tiempo ni su dinero.

Una cuestión irresoluble es que aquellos hipotéticos lectores informados tienden a ser más bien pocos. Y, por lo dicho más arriba, es un libro que es improbable que se emplee universitariamente en las carreras y cursos de grado. Es carne de bibliografía de seminario de posgrado, de congreso, de centro de estudios para el análisis de la realidad latinoamericana; puede servir a periodistas y a legisladores.

En la contratapa, un profesor de la Northwestern University elogia, entre otras hipérboles, la "engaging prose" de Grindle. Hay que decir, también, que en verdad es sólo una correcta prosa académica, candorosa y repetitiva.

Javier de Pablo