Tuesday, June 20, 2006

Santiago de Chile, junio de 2006.



En una primera impresión, desde luego estereotípica, Santiago de Chile parece una ciudad masculina, a diferencia de ese eterno femenino que es Buenos Aires. Los bares de piernas, el humor extremado, infantil y sexual de los santiaguinos, el orgullo patrio, la afición por los alcoholes, las miradas que saben ser arteras... En el bar Munich, casi Ñuñoa, domingo a la noche, un hombre canta encima de un bolero, se sube a la mesa, señala vagamente la calle. Hay cuatro o cinco hombres, también ebrios o semi-ebrios, lo miran con atención, lo aprueban, aplauden. Entra una chica delgada y con gorro, pide vino, no se entiende qué cosas dice, su aspecto es el de alguien que lleva días bebiendo. Habla desde el teléfono público. Empieza a llorar, se va. “Lo dejó su novio”, nos dice el hombre que tenemos al lado.
“Santiago sigue siendo un hervidero de la picaresca clásica. Por eso la recurrente proposición de que ‘Santiago es fome’ habla más que nada de la fomedad de quienes la enuncian, por lo general personas demasiado pendientes de la cartelera cultural y poco de la vida que pasa ante sus ojos”. Naturalmente, esa vida muchas veces no es pintoresca sino trágica, o triste. El escritor y periodista santiaguino, Roberto Merino, reunió sus crónicas de esta ciudad que quiere convertirse en la más moderna de Latinoamérica, y apela para ello a un deporte nacional: la destrucción de sus zonas más intensas y tradicionales. El libro se llama Horas perdidas en las calles de Santigo (Sudamericana, 2000, 280 páginas) y en el prólogo el autor señala: “En 1972, cuando tenía diez años y estaba en sexto, la profesora nos dio una tarea para ocupar en algo útil uno de esos extraños momentos de la escolaridad llamados ‘horas libres’: pintar un cuadro realista de cualquier rincón de la ciudad. Yo elegí la plazoleta de la iglesia de San Francisco, al borde de cuya fuente solía sentarme a la salida del colegio a pasar el rato con mis compañeros que esperaban ‘la Canal’ (el micro del recorrido Canal San Carlos, que subía por Providencia para perderse después Tabalada adentro). Tomándome al pie de la letra la petición de realismo, en mi pintura reproduje la palabra ‘pico’ que alguien había escrito en uno de los muros de la iglesia. Por supuesto que este exceso de celo fue pésimamente recibido, pero yo tenía la excusa –sobre todo después, ante el tribunal familiar- de que me habían dicho ‘pinta lo que ves todos los días’.
Es decir, me hice el tonto, porque sé que privadamente disfrutaba la socarronería. El bien del mal lo distinguía a un kilómetro, como también lo decente de lo procaz. De modo que había un temprano ejercicio de hipocresía en la licencia que me tomaba: representé una edificación prestigiosa –la casa del Pobre de Asís y a la vez un hito de la historia de Chile, características meritorias ante los ojos del profesorado- pero encontré la manera de introducir una versión innoble de ‘la voz de la calle’ para satisfacer un tipo de humor que puedo reconocer aún hoy entre mis debilidades”.

Sergio Di Nucci

Thursday, June 08, 2006

De un momento a otro: Historia latinoamericana al instante

"Al momento de escribir este artículo Alberto Fujimori lleva casi cuatro años en el poder", se lee en la página 98 de Historia escrita (Traducción de Laura Emilia Pacheco. México: Plaza y Janés, 2001, 184 páginas) de la periodista mexicana Alma Guillermoprieto. Al momento de redactar este post, en cambio, Fujimori estuvo más de diez años al frente del Perú, fue reelegido dos veces presidente en elecciones generales, vive exilado en Japón, y, desde el 11 de junio de 2001, espera que de un momento a otro llegue el agente de Interpol que lo arreste porque media en su contra una denuncia del Congreso peruano por crímenes contra la humanidad. El paso del tiempo entre los acontecimientos narrados y analizados y el momento de su lectura es tal vez el rasgo más característico del libro periodístico, en el sentido más mejorativo que pueda darse a este adjetivo equívoco, que es Historia escrita. Por cierto, comparte este rasgo con muchos libros; más con aquellos que pueblan las mesas de saldos que con aquellos que despueblan las de novedades. El restricto género al que pertenece es la reflexión sobre el pasado reciente. Es decir, la historia antes que la futurología, el gusto por el pasado antes que por erigirse en orientación sobre los rumbos de una actualidad esquiva aun a las profecías más sabias.
"Si me atrevo a ofrecer a los lectores los textos que conforman este libro", dice Guillermoprieto en la "Introducción" (p.5), es para "recrear" a los "actores políticos de nuestra época". Una época, la nuestra, que está definida en términos temporales amplios. De su pentagonía, Marcos, Evita, El Che, Fidel y Vargas Llosa, la abanderada murió en 1952 y el guerrillero fue asesinado en 1967. En estos dos últimos casos, los artículos que Guillermoprieto propone ganan su actualidad porque se trata de notas bibliográficas (de 1996 y 1997) que reseñan obras, cinematográficas y biográficas, dedicadas en la década de 1990 a biografiar a esas dos personas argentinas exportables par excellence. El artículo sobre Fidel es también ampliamente informado y bibliográfico.
La extensa reseña de 1994 de la autobiografía de Mario Vargas Llosa, El pez en el agua, es una de las mejores piezas que se hayan escrito sobre el exitoso novelista y fallido candidato presidencial peruano. Desde el punto de vista político, sin embargo, despertará, inevitablemente, sonrisas en algunos lectores profetas del pasado, sobre todo cuando Guillermoprieto explica, con las razones más plausibles que se conseguían en 1994, cómo no se debe hacer campaña política en el Perú. Porque Alejandro Toledo acabó por ganarle las elecciones presidenciales peruanas, con el apoyo de Vargas Llosa, y un programa económico neoliberal nada desemejante, a un Alan García al que se había declarado muerto más allá de toda resurrección cardíaca.
Los dos artículos sobre el zapatista Marcos demuestran parejos poderes analíticos, aunque casi todo lo que se dice aquí puede leerse, es cierto que menos condensadamente, en otros lados. Tampoco puede reprochársele a su autora todo lo ocurrido después, como que ya estemos del otro lado de esa larga marcha sobre México DF cuyo anuncio es el gran interrogante de la página 181 y final del libro.
La traducción española de una obra tan latinoamericana escrita en inglés, que avanza desde el Cono Sur hasta México, eligió la vía de un lenguaje al mejor estilo MTV latino, reconocible por todos y no filiable por nadie. A veces, sin embargo, no tan reconocible, por imperio del anglicismo: se llama "deuda exterior" a la deuda externa, "confederaciones laborales" a los sindicatos; hay otros desafíos a la inteligencia del lector. También hay descuidos: Miguel Gutiérrez Correa (p. 83) se convierte en la misma página en González Correa, etc.
En suma, a favor de Historia Escrita obra en primer lugar el valor intrínseco del libro, pero no su actualidad. En segundo lugar, su muy razonable extensión, que permite a quienes no leen o no coleccionan The New York Review of Books tener entre dos tapas y en latino una útil antología de temas hispanoamericanos, ellos sí de actualidad en sentido amplio, desde una no menos razonable posición liberal.

Javier de Pablo

Sunday, June 04, 2006

Si Loach confunde historia con ficción


Hombre de izquierda, el cineasta británico Ken Loach, reciente triunfador en el Festival de Cannes, juzga culpable de “máxima traición” al Partido Laborista. No al actual, guiado por Tony Blair: eso se da por descontado. Sino al de los años 80s, mucho más de izquierda. Entrevistado por Tom Behan para la revista de historia Zapruder (Ediciones Odradek), Loach afirma que, en ese entonces, “los dirigentes laboristas estaban por la ruina de los mineros y la victoria de Thatcher” en el dilema sindical que dividía al país. Además, deduce el director, “su proyecto fue siempre salvaguardar el capitalismo”.
Hay más. Evocando su film sobre la guerra de España Tierra y Libertad, Loach revela que Stalin quiso sofocar los movimientos revolucionarios ibéricos, “porque estaba tejiendo lazos económicos con Occidente”. En realidad, agrega, la propaganda sobre la amenaza soviética era “ridícula”, porque la experiencia española demostraba ampliamente que Moscú no tenía intenciones agresivas reales. Por eso la guerra fría, según Loach, fue, toda ella, una gigantesca “burla” dirigida a la opinión pública. La guerra civil en Grecia, el golpe de Praga, el bloqueo de Berlín, Corea, Budapest 1956, la crisis de los misiles en Cuba: puro humo en los ojos de aquellos ingenuos que creyeron en la contraposición entre la Urss y Occidente.
¿Qué decir? A Loach no le falta pasión, además de talento artístico. Pero acaso ame demasiado su trabajo de cineasta. Al punto de trocar la historia con la ficción.

Antonio Carioti (para el C.d.S., 3 de junio de 2006).

Saturday, May 20, 2006

De pronto, el campus: Latinoamérica vista desde Harvard

A la producción histórica, sociológica, politológica, y económica sobre el pasado latinoamericano más reciente le resulta inútil pretender escaparse de dos peligros tan complementarios como implacables. Tanto más, cuanto ha sido emprendida en el mundo universitario norteamericano. Desde el punto de vista periodístico, sus temas y tópicos están lo suficientemente alejados del presente como para que el ayer y anteayer en que se ubican hayan perdido todos los prestigios y atractivos comerciales de una novedad o de una iluminación sobre una coyuntura oscura o de otro modo menos inexplicable. Y desde el punto de vista académico, el pasado al que se refieren está lo suficientemente cerca como para que sea imposible, más acá de los méritos de los autores, que estas investigaciones se conviertan en textos standard, más o menos definitivos y establecidos como referencias y perspectivas a tomar en cuenta de una manera relativamente inexorable.

Estas advertencias generales se verifican plenamente en el caso especial de Audacious Reforms: Institutional Invention and Democracy in Latin America (Baltimore and London: The Johns Hopkins University Press, 2000, 272 páginas), de Merilee S. Grindle, profesora de Desarrollo Internacional en la Universidad de Harvard. Su tema son aquellas reformas que en Venezuela, Bolivia y Argentina se proponían permitir una mayor participación ciudadana en los gobiernos regionales, locales y comunales. El énfasis está puesto sobre la ampliación de los derechos políticos, sobre la capacidad activa de elegir y pasiva de ser elegido en las municipalidades y gobiernos autónomos de las ciudades. ¿Por qué los Estados, las élites políticas y los partidos renuncian a ejercer un poder directo y discrecional y lo ceden a la ciudadanía? Esta es la pregunta que funciona como heurística de Audacious Reforms. Hay que decir que es una pregunta ingenua, cuyos supuestos no tienen justificación, aunque sean muy estudiadas (por la autora) las respuestas y estén dispuestas en cuadros sinópticos ("boxes") muy primorosos (es imposible mirar el de la página 36 sin sonreír).

El problema mayor del libro es que el tópico preferido parece haber perdido la relevancia que su autora le auguraba, acaso con excelentes razones, cuando inició la investigación. Los cambios revolucionarios de la presidencia de Hugo Chávez en Venezuela, la protesta social en Bolivia, las consecuencias de la terca recesión argentina barrieron o dejaron en un muy segundo plano las trabajadas mutaciones institucionales que interesan a Grindle, a veces desde un punto de visto demasiado jurídico -en el sentido más estrecho del término. Por supuesto que esas metamorfosis se encuentran muy bien analizadas, que la perspectiva comparativa es muy útil y aun indispensable para entenderlas, y que el lector informado queda mucho más enterado de innúmeros aspectos después de leer el libro y sabe que no perdió todo su tiempo ni su dinero.

Una cuestión irresoluble es que aquellos hipotéticos lectores informados tienden a ser más bien pocos. Y, por lo dicho más arriba, es un libro que es improbable que se emplee universitariamente en las carreras y cursos de grado. Es carne de bibliografía de seminario de posgrado, de congreso, de centro de estudios para el análisis de la realidad latinoamericana; puede servir a periodistas y a legisladores.

En la contratapa, un profesor de la Northwestern University elogia, entre otras hipérboles, la "engaging prose" de Grindle. Hay que decir, también, que en verdad es sólo una correcta prosa académica, candorosa y repetitiva.

Javier de Pablo

Friday, May 05, 2006

Cómo convertirse en periodista

¿Cómo escribir en los diarios, cómo hablar en la radio y en la televisión, cómo hacer carrera “en comunicación”? Existe un libro que responde a estas preguntas. Quien lo lea y sepa penetrar el sentido de sus máximas se convertirá en todo un periodista. Más que un manual es una biblia. Jean Dutourd, de la Academia francesa, escribió hace más de quince años Ca bouge dans le prêt-à-porter: Traité de Journalisme (París, Flammarion, 1989, 178 páginas), donde repasa los lugares comunes del periodismo francés, que resulta tan nuestro.
Entre tantas revelaciones, no falta información, por ejemplo, sobre los títulos de notas que aluden siempre a los mismos films. Como el buñuelesco discreto encanto de la burguesía: Es posible hallarle un encanto discreto a casi todo, descubre Dutourd: "el discreto encanto de un libro, de un filósofo, de las elecciones municipales, de los bancos nacionalizados, hasta de los ensayos atómicos”.
O sobre el periodismo de las páginas rojas tan Clarín, o tan María Laura Santillán. Acerca de las notas correctas en la prensa, escribe Dutourd que “el caso del incesto exige tacto. Si se produce entre hermano y hermana, o entre madre e hijo, no es tan malo y hasta puede, en rigor, producir una sonrisa. ‘Por el contrario’, entre un padre y su hija, es una ‘monstruosidad’, una ‘agresión intolerable’ que conviene ‘sancionar sin piedad’".
Ser de izquierda en el periodismo cultural es algo casi natural, habla bien de uno, los lectores se sienten cómodos como cuando su vecino raro se compra un perro. Por eso el periodista de derecha es siempre, por definición, un enfermo, un psicótico. Sin embargo, “el periodista de izquierda que cae en la redacción de un diario de derecha es como un parisino en provincias. Lo que dice más acerca de las derechas nacionales que de la izquierda francesa". Así en el cielo como en la tierra.

Sergio Di Nucci

Thursday, April 27, 2006

Máscaras napolitanas


Como la lengua inglesa según el doctor Samuel Johnson, la literatura argentina está resignada a la tiranía del tiempo y de la moda, expuesta a las corrupciones de la ignorancia y a los caprichos de la innovación. Los bajos del temor (Barcelona: Tusquets, 1992, 294 páginas) es una novela que evita limpiamente el último de estos peligros. Fiel a la doctrina johnsoniana que iguala el cambio con la degeneración, en nada innova Vlady Kociancich. Apoyada sobre un esquema narrativo tradicional, el boy meets girl, revela párrafo a párrafo previsibles filiaciones; la más notoria, la de Adolfo Bioy Casares.

Tal filiación adopta numerosas manifestaciones; se encuentra en la copia servil ("la imaginación –dice Kociancich en su novela de enmascarados napolitanos- es un peligro"; "el verdadero estorbo -había dicho Bioy en "Máscaras venecianas"- es la imaginación"), en el uso de frases tic para caracterizar a los personajes, en los ambientes (de Italia al Tigre), en la tendencia a prodigar sentencias y máximas.

"Un solo ser nos falta y todo se despuebla" advierte irónicamente el epígrafe que la novela atribuye a Stendhal. Todo el despliegue de bien aprendidos mecanismos es incapaz, por sí solo, de recuperar el encanto del modelo. Kociancich ofrece, en cambio, un ilimitado repertorio de frases zen ("Cuando la gente calla, hablan las cosas", "La pérdida y la espera son el beneficio del jugador, no la ganancia"), una summa nada teológica de metáforas banales ("el Obelisco, faro de peatones histéricos y colectivos prepotentes"), un lenguaje exquisito: a diferencia de los personajes de Bioy, los de Kociancich fruncen el ceño, escuchan rugidos de fieras, conocen personas inéditas.

Carente de naturalidad, Los bajos del temor es una novela que ha sido compuesta renglón por renglón, sin sentido del párrafo o del conjunto. Alguna vez Kociancich escribió que "la busca de sospechosas coincidencias argumentales o temáticas es el oscuro goce de muchos". Con un cierto horror estoico podría afirmarse que su novela sólo ha sido generosa para las oscuridades de la crítica de fuentes.

Javier de Pablo

Sunday, April 23, 2006

Simone de Beauvoir: una introducción acrítica

En The Truants (1982), William Barrett recuerda que Simone de Beauvoir durante su viaje por Estados Unidos fingía entender el inglés, un idioma en el que no podía mantener un diálogo simple. Lo que no le impidió, después, cuando compuso sus abultadas memorias, abusar de la retórica de la autoridad y reproducir en su ilusoria integridad extensas conversaciones. Barrett se pregunta para qué cruzó el Atlántico la filósofa y novelista existencialista francesa, si una vez en París iba a reiterar un inventario de clichés que ya traía en el viaje de ida dentro de su valija. En "Mlle. Gulliver en Amérique", uno de los ensayos que forman On the Contrary (1962), Mary McCarthy había ofrecido una versión de Simone de Beauvoir desde el lugar de la mujer. Más cruel, menos general que el filósofo Barrett, más concreta, McCarthy había repertoriado todos aquellos lugares comunes parisinos. Hay que decir que ni Barrett, ni McCarthy están siquiera aludidos en Edward Fullbrook and Kate Fullbrook, Simone de Beauvoir: A Critical Introduction (Cambridge: Polity, 1998), una muy sumaria introducción que resume vida y pensamiento de la autora francesa mejor conocida del siglo XX.

Fullbrook & Fullbrook tampoco tienen tiempo ni paciencia con L'Amérique au jour le jour (el libro de Simone de Beauvoir sobre los Estados Unidos, publicado en 1954, al que curiosamente clasifican como "essay", y no como "memoirs", o "travelogue"). Es posible que estos profesores universitarios encuentren irritante la facilidad y felicidad de la filósofa (como toda maestra de secundario) para registrar y transmitir gossip. Pero Simone de Beauvoir: A Critical Introduction es la venganza de Angloamérica contra la filósofa de París. Aquí le devuelven con creces a Beauvoir cualquier incomprensión de la somera gramática de la lengua inglesa o de los difíciles matices sociales de los mataderos de Chicago. En una colección que se llama “Key Thinkers”, los Fullbrook emprenden una explicación completa, obra por obra. De ficción y de "teoría". Los autores evitan comentar los escritos autobiográficos y de viajes, que forman más de la mitad de los textos de una escritora a la que por otra parte ya habían dedicado un libro anterior, Jean-Paul Sartre and Simone de Beauvoir: The Remaking of a Twentieth Century Legend.

Libros como los que Daniel Balderston o Sylvia Molloy dedicaron a Jorge Luis Borges o Suzanne Jill Levine a Adolfo Bioy Casares, son tanto más peligrosos porque la mitad de los datos que contienen es muy correcta, y porque suponen que sus lectores van a desconocer las obviedades que registran. La comparación del caso de Simone de Beauvoir (y Sartre) con el de Biorges, según fusionaba los nombres el profesor de Yale y agente de la CIA Emir Rodríguez Monegal, no es caprichosa. La admiración universitaria europea y norteamericana por los argentinos era (es, sigue siendo) prolongada y extraordinaria, pero profundamente ahistórica. A la larga, Biorges se volvía indiscernible de Italo Calvino, de Juan José Arreola o Augusto Monterroso. El libro de los/las Fullbrook somete a la Beauvoir a ese tipo de disección sub specie aeternitatis. Los efectos de anacronismo son grotescos. Al hablar de Emmanuel Lévinas, lo confunden con el famoso pensador de la alteridad elogiado por Juan Pablo II en la década de 1990, pero ignoran qué hacía el filósofo judío 50 años antes, precisamente cuando Beauvoir se ocupaba de él. La bibliografía es enteramente anglófona, y parece ignorar por completo a las escritoras mujeres francesas con las que Beauvoir colaboró o debatió o a quienes promovió (y aun imitó), así como también está ausente cualquier referencia a aquellos movimientos de ideas franceses a los que Beauvoir alude permanente e irremediablemente. No falta en el catálogo, en cambio, ninguna tenured feminist. Entre ellas, conspicua, la doctora Elizabeth Fallaize, que les devolvió los elogios con una cálida recomendación en la contratapa.

Javier de Pablo

Friday, April 14, 2006

"Y ya que mi mierda es fina / y a todo nazi lo alcanza"

Un delantero nigeriano que juega en la cuarta división del futbol alemán hizo, por rabia, el saludo nazi, brazo en alto, a los hinchas del equipo contrario. Apriti cieli. Los hinchas saltaron a la cancha para correr al jugador que, después de tanta paciencia, quiso provocar la misma ira que durante años había sufrido en contra de él mismo. Es cierto: en teoría, alzar el brazo puede entenderse como una nítida apología del nazismo. Pero quizá algunas clamorosas respuestas sirvan a tantos superficiales para entender que llamar a alguien mono porque es negro, o mafioso porque es italiano, o gay porque es homosexual no se debe hacer (ni pensar).
N. Wet

Sunday, April 09, 2006

El indoamericanismo de anteayer: Jorge Abelardo Ramos

Desde un restricto punto de vista, el interés que conservan los libros de Jorge Abelardo Ramos parece firme y permanente. Aquel no es otro que el de la historia de la historiografía argentina. Porque el de Ramos fue uno de los períodos a la vez más polémicos y fecundos de ésta. Historia de la Nación Latinoamericana es una obra que responde, aunque con rasgos de originalidad y estilo propios, a los caracteres más generales del nacionalismo populista de izquierda de los años ’60. Ramos adopta aquí, como en gruesa filigrana, una visión y una perspectiva encendidamente entusiasta pero encendidamente crítica con respecto al peronismo revolucionario que habría de esperar a la década siguiente para presenciar en Ezeiza la Segunda Venida de Perón.
Los lectores de los textos de Ramos de los ’50 advertirán en la presente obra los desplazamientos ocurridos desde Indoamérica (con inflexiones a la José Carlos Mariátegui) hasta la actual Nación Latinoamericana. Del mismo modo, la ideología, en términos muy amplios, es menos marxista de lo que aún el autor querría proclamar, y ya más tercermundista, más latinoamericanizante -como lo es su objeto de estudio-, más atenta a los valores de la peculiaridad histórica continental, valores que muchas veces Ramos infiere, sin mediaciones, de esa peculiaridad misma.
Los primeros ocho capítulos encuentran su desarrollo en los acontecimientos que se extienden desde la expulsión de los musulmanes de España en 1492 hasta la fragmentación política del Río de la Plata con la creación del Uruguay independiente en 1828. Ramos es un buen narrador tradicional, y la suya es una historia narrativa, por más que vaya acompañada por las debidas notas al pie donde escarnece a Stalin y elogia a Trotsky. Hay retratos de los personajes, desde Enrique el Impotente, “cuya discutida virilidad clamaba al cielo”, hasta Julián Segundo de Agüero, “aquel cura ateo y ambiguo togado que le aconsejó sibilinamente [a Lavalle] el fusilamiento de Dorrego”. Son estos caprichosos personajes quienes hacen avanzar la acción, aunque Ramos recuerde hacernos notar que aquellos se ven movidos como peones por los intereses de clase u otras fuerzas tan objetivas como irreprimibles en su propio avance.
Así como otras tantas historias que buscaron ser científicas, la narrativa de Ramos resulta hoy fechada. Esta antigüedad puede ser uno de sus encantos para el lector independiente, y su mayor interés para el historiógrafo, pero convierte a esta Historia de la Nación Latinoamericana en una obra inútil como guía confiable sobre su tema para el público general. Los conocimientos, las fuentes, la bibliografía resultaban ideológicos y nada definitivos hace cuarenta años; esta característica de la obra se ha acentuado todavía más. Sean cuales sean, si existen hoy, los herederos de la tradición de Ramos, tampoco ellos probablemente podrán aceptar hoy su visión de la Historia, y ni siquiera de la historia continental, sin reparos y reparaciones. Ramos es demasiado nacionalista para el gusto de hoy, busca con demasiado tesón los rasgos capaces de otorgar una unidad nacional a espacios que ahora nos resultan sospechosamente multiculturales o multiétnicos (así, elogia a los Reyes Católicos o a las potencialidades de las lenguas quechua y aymará en el Incario).
Fuera de la historia profesional -para la cual la Historia de la Nación Latinoamericana de Ramos se ha vuelto inviable-, en el interior de la izquierda, sea férreamente partidaria o suavemente intelectual, el sistema de reflejos y prejuicios es hoy acaso no más complejo, pero sí muy diverso y aun divergente en sus preferencias y énfasis al de entonces.

Javier de Pablo

Thursday, April 06, 2006

Breve historia de la literatura francesa, por Émile Faguet


El nacimiento de una gran literatura, y la defensa e ilustración de la lengua, han sido los dos elementos esenciales de la unidad de la cultura francesa desde el siglo XIII hasta el XX. La elite francesa ha hecho suya hace más de cuatro siglos la obra de los humanistas, y en adelante quiso imitar la perfección de la forma de los antiguos. Ningún pueblo moderno le acordó más importancia al estilo, a la elocuencia, a la elección de las palabras; Francisco I, Enrique IV, y sus descendientes, fueron escritores clásicos.

¿Por qué es interesante leer la historia de una literatura nacional europea, es decir, desde sus orígenes medievales hasta el siglo XX –ya que todas las europeas tienen sus orígenes en la edad media? En principio, porque la de Émile Faguet (1847-1916) es una historia literaria escrita por una persona que no leyó nada de segunda mano sino que leyó todos los textos que la conforman. Y que además lo hace sin notas al pie, ni bibliografías, sino por un gusto por lo concreto, que finalmente son las obras mismas. La historia literaria que Faguet publicó en 1913 es una historia narrativa aunque no evolutiva, una historia personal pero que no dictada por el capricho, sino justamente que tiene la capacidad para formular juicios singulares, interesantes, y argumentar sobre todos los períodos y sobre todos los autores, de un modo cuyas conclusiones sorprenden siempre. Faguet no acepta ni una sola de las generalidades de los manuales, y cuando alguna de ella aparece, lo hace revitalizada, bajo una nueva luz. La conclusión de la obrita, no tiene más de 300 páginas, es que vale más la pena leer otra tragedia de Racine que cuatro tratados sobre el clasicismo. ¿Faguet es liberal, es conservador -entendido esto último como la incertitud radical respecto del futuro? Importa poco. Todo lo que toca este hombre vive, y cuando escribe, es decir cuando toca algo, no toca un libro, sino a un hombre, por eso lo que dice es algo siempre auténtico, genuino. Que esto sea excepcional, que esto resulte sorprendente, habla más de nuestras pobrezas. Faguet, por ejemplo, no le dedica un desarrollo intensivo a Stendhal, ni a Baudelaire –mencionado, además, como parnasiano. No se trata desde luego de omisiones -quién hoy puede acusarlo de eso- sino de criterios contemporáneos que quisiéramos imponerle al autor. Faguet quiere comunicar con la nitidez de su lenguaje la riqueza de las distinciones y variaciones, la alegría de la inteligencia, en palabras de Adolfo Bioy Casares. Cada autor, a la luz de esta historia, es distinto de cualquier otro, y se lo ve perfilado, nítido. La lectura que emprende Faguet es siempre antirrepresentativa. Las figuras que toma nunca son un avatar de algo, sino que valen por derecho propio, por eso su lectura enriquece nuestro entendimiento de la realidad.

André Gide, Azorín hablaron muy mal de Faguet. Y otro gran crítico, Albert Thibaudet, dijo lo siguiente: “Faguet conoció la literatura francesa desde adentro. No abrió grandes rutas pero recorrió todos los pequeños caminos. El suyo fue un vuelo de caza menor: ideas, sugerencias, construcciones. Sus libros mejores son sus sobre el siglo XVIII, el siglo XIX y Políticos y moralistas del siglo XIX, ellos arrojaron al mercado juicios que eran discutibles, pero que, eso era lo esencial, sabían hacerse discutir. Escribió sobre esas épocas cuatro o cinco libros de una época que sigue siempre viva, en especial porque hemos vivido en contra de ellos. El mismo creyó desde siempre que la facultad dominante de su espíritu era el arte de las preparaciones en el sentido anatómico: es decir, la presentación, la descomposición de un autor para su estudio. Pero de un autor muerto. Hay que desconfiar de la inteligente brochette de ideas con la que se descompone a un Calvino, a un Rousseau, a un Royer-Collard, a un Tocqueville, a un Proudhon. Sería difícil imaginar algo más antitético que estas preparaciones anatómicas para la historia natural de los espíritus, tal como la entendía Sainte-Beuve”. Y justamente Faguet, en las últimas páginas de esta pequeña historia, termina la descripción de un sucesor de Sainte-Beuve con estas palabras: "Renan era un hombre feliz, gozó en vida de una gloria sin mácula y, como si le hubiera faltado una recompensa suprema y definitiva, hoy lo injurian abundamentemente los imbéciles. A él le hubiera encantado".

Sergio Di Nucci

Thursday, March 30, 2006

Las aguas de la sed: o por qué la ironía nunca conquista el mundo


Entre las esculturas y telas expuestas en Devon (Inglaterra del Sur) en julio de 2005 durante el Festival de Arte Moderno, se hallaba una composición del artista conceptual norteamericano Wayne Hill. La obra se esforzaba por criticar al presidente de Estados Unidos, George W. Bush. Su título: “Arma de destrucción masiva”. Se trataba de una botella de plástico con agua que, se señalaba, había sido traída de la Antártida. Colocada sobre un pedestal, esta botella se ofrecía, además, como símbolo de los peligros del recalentamiento global. Justamente, ese día de verano en Devon hacía mucho calor. Un visitante, seguramente profano en arte moderno, creyó que era una botella de agua mineral más -y para su satisfacción vio que estaba casi llena. Así que aplacó su sed bebiéndose toda el agua. Nadie supo quién fue el santo bebedor, pero sin duda ignoraba que lo que bebió se tasaba en más de 63 mil euros. Cuentan que el artista lloraba. "Estaba ahí y de repente desapareció", repetía con incredulidad y desconsuelo. Sus amigos, solidarios, le propusieron sin maldad ni ironía que rellene la botella con sus lágrimas. Pero entonces Wayne Hill dejó de llorar.

Sergio Di Nucci

Monday, March 27, 2006

El camino de toda carne, o la literatura infanto juvenil


Como la contracepción, como los profilácticos, la literatura infanto-juvenil es tanto mejor cuanto más imperceptible. Es decir, cuanto menos se nota que fue escrita por adultos moralistas para la edificación de niños y adolescentes a quienes se supone tan dóciles como despistados. No es el caso The Watcher (New York: Atheneum, 1997), el libro de James Howe que resulta difícil llamar novela por su trama evanescente y entresoñada. Son 173 páginas muy contemplativas. En cada una de ellas el autor hace honor a su título. Siempre hay verbos que denotan la acción de mirar, y hasta de vigilar. Los personajes miran, ven o no ven, son observados, y, las más de las veces, son ninguneados por ojos que buscan horizontes que no están, nunca, muy cerca.

La historia central de The Watcher es la que leímos una y otra vez en los 1980s, a la mejor manera de Family Dancing (1985) de David Leavitt. Todas las familias que parecen más felices son las más desgraciadas. Cuando tus papás se divorcian, te encerrás a solas con un solo juguete: tu fantasía. Una fantasía llena de pijamas con dinosaurios y arenas movedizas, mientras en la televisión encendida un terráqueo agoniza en un film de ciencia-ficción. O, si tuviste suerte, y tus padres fueron buenos antes de divorciarse y separarte del hermanito que tanto les habías pedido, tu fantasía será alimentada con libros de James Howe. Porque The Watcher es la primera novela que Howe escribe para adolescentes, después de más de 50 títulos dedicados a los niños. En la vejez, Howe nos regalará su opus posthumum, una historia de adulterio alcohólico y suburbano para adultos a secas, una especie de versión hardcore de The Watcher. Sin embargo, por una confirmación quizás involuntaria de las teorías de los evolucionistas victorianos, en The Watcher quedan atavismos, restos fósiles del pasado de Howe como literato infantil. En cursiva, intercalada con la historia principal, hay otra, a veces escandida como si estuviera en verso, "demasiado fuerte / demasiado mágica / como para que alguien la resista" (p. 82).

La literatura infanto-juvenil (o para adultos jóvenes) cumple una nítida función social. Proporciona a las y los enseñantes de esa escuela tan verdaderamente media un conjunto de textos que no requieren ninguna explication de texte. Los y las adolescentes pueden ser obligados a leerlos, y cuando digan "no entiendo" siempre los vamos a castigar, porque están diciendo una mentira. En la literatura infanto-juvenil se entiende todo. Hay que reconocer que The Watcher es de lectura más fácil que El Poema de Mío Cid, El Lazarillo de Tormes, El Matadero, El Capitán Veneno, e incluso que El frasquito, Sebregondi retrocede, El Entenado o Plata Quemada, esos nuevos clásicos instantáneos de las escuelas secundarias argentinas. Hay que decir, también, que, a pesar de tantas facilidades, ni siquiera The Watcher quedaría huérfano de explicaciones: son las que demandan su contexto norteamericano, su esplendor de clintonismo y boom económico. La ficha del libro destinada a la Biblioteca del Congreso de Washington nos revela todo sobre los propósitos de Howe: Catalogar bajo "Family Problems, Fiction" y "Beaches, Fiction". La comparación se vuelve ineludible, y demuestra que las obras de autores infanto-juveniles argentinos son difíciles de sustituir (y aquí, como en todo lo infanto-juvenil, los rosarinos se han destacado).

Javier de Pablo

Friday, March 24, 2006

La corrección


Es una costumbre pensar, incluso en Argentina, que las ideas, buenas o malas, se combaten bajo una única forma: con ideas. Este principio banal y fundante, este lugar común de primer orden, deja cada vez más de serlo justamente en el lugar, en el espacio geográfico donde mejor se han promovido los valores (o los mitos, según quien los juzgue) con lo cuales se ha identificado Occidente en materia de libertades individuales. Ese lugar es Europa. A los casos epónimos de Oriana Fallaci y Alain Finkielkraut se agregan otros –recordemos que a la periodista italiana la juzgaron en tribunales por escribir que la inmigración árabe-musulmana resultaba una amenaza para la supervivencia de Europa, al filósofo francés estuvo a punto de ocurrirle lo mismo al cargar contra los magrebinos de la banlieue parisina. No hace tanto se dio a conocer el arresto del historiador negacionista David Irving, sobre la base de una ley austríaca que castiga la negación de la Shoah. Y luego los dos últimos casos de una larga cadena: el de Francia, donde por ley se exige que en las escuelas las maestras y profesores difundan el rol "positivo" del Imperio francés en sus colonias –aunque hubo luego un marcha atrás. Y el de República Checa, donde se ha penalizado negar que existió "genocidio" durante el pasado comunista del país.

Desde luego, parece no importar que las ideas que pueden llevar a la cárcel sean de derecha o de izquierda, o lo que hoy se entiende por eso. La cuestión, por su peso, excede el análisis de las buenas o malas razones, de las buenas o malas intenciones que existen para convertir una idea en un crimen (en el caso francés, la incorporación de las vacunas en las vastas zonas donde no se las conocía; en el caso checo, los asesinatos del régimen comunista, que sin embargo no derivó en "genocidio", palabra mayor). Todo más bien cae bajo las fauces chirles de lo políticamente correcto. Que conduce a imponer por ley las versiones de la Historia. Una ideología, la de la corrección política, que es tanto más peligrosa porque se presenta como progre y hasta de izquierda. Cuando amenazar con el encierro --y el peso de la ley-- por lo que uno expresa es hasta de una caricatura del totalitarismo en los inevitables films futuristas. El principio básico de "decir todo, censurar nada", ese lema fundante del liberalismo, se ha vuelto ahora radical, de cara al mundo indignadamente represor de lo políticamente correcto. Y por último, ¿qué efectos buscan quienes quieren forjar por ley una Historia a-histórica, de escuela primaria, legalista e institucional?

Sergio Di Nucci

Tuesday, March 21, 2006

Música y novelas inglesas. A propósito de Music and Silence de Rose Tremain

En el siglo XIX y aun en el XX, la novela de gran consumo fue siempre social. La vida del grupo, las relaciones del individuo con la colectividad ocupan allí un lugar mayor que las ensoñaciones de paseantes o conciencias solitarias. En la novela inglesa, el éxito de Dickens, pero también de Trollope, Bennett y Galsworthy se debe a sus capacidades y a su destreza para organizar aventuras donde las masas están en un fondo cuya irrupción es siempre inminente y amenazante. Si en el siglo XX la novela de la segunda posguerra ha perdido estas habilidades, si cuando lo intenta fracasa con estruendo como Martin Amis, una excepción notable ha sido la novela histórica. Music & Silence (publicó en Londres Chatto & Windus en 1999) no es la primera de Rose Tremain. Su best-seller Restoration había procurado mimetizarse con todos los brillos de la primera época empecinadamente brillante de la historia inglesa, el destape monárquico, católico y orgiástico que sucedió al fin del puritanismo en el poder.

El protagonista de Music & Silence es un intérprete de laúd, Peter Claire, que se une a la orquesta de la corte de Dinamarca en el siglo XVII, durante el reinado de Christian IV. La intriga, como algunas formas musicales, es una proposición a cuatro términos que amenaza con transformarse en ese paralogismo llamado quaterno terminorum, ese silogismo falaz porque un término está usado con dos sentidos. La esposa de Christian, Kirsten, confía al látigo de un conde su clímax sexual, y luego confía al papel el relato de su cristiana pasión y flagelación. La criada de Kirsten, Emilia, vive un amor correspondido con Peter. Descubierto el adulterio, Kirsten es expulsada, y se lleva a Emilia en su fuga. Peter no puede seguirla, porque --es el cuarto término falso (o un subrepticio quinto) de la falacia-- el rey lo retiene. Lo retiene por su música, pero también porque vive con él una amitié amoureuse, donde debaten en intimidad la dialéctica de la atracción y las finanzas del reino, en esas bodas no consumadas de amor y economía omnipresentes en los sonetos de Shakespeare y tantos textos del s. XVII de los que Music & Silence multiplica los ecos.

La ejecución de la novela está a la altura de las circunstancias de su concepción. Es decir que el estilo es ajustado y elástico a la vez, sin permitirse demasiados excesos en el pastiche de época. Consigue el ritmo necesario para los contrastes que se propone trazar entre el mundo de la corte y el exterior, la música y el silencio, los amos y los siervos, los frescos históricos y las intimidades femeninas. Es una novela histórica políticamente correcta, posterior a la liberación de la mujer. También pertenece al punto más alto del middle brow, cuando se derrumba el muro que separa a las producciones para las clases medias de la literatura a secas. Es una novela histórica que gustará a las lectoras macho y hembra del género. Pero que también puede ser envasada como literatura contemporánea, para ser saludada así por el British Council y los suplementos culturales de los diarios.

Javier de Pablo

Saturday, March 18, 2006

Elemental, Dr. Freud


Acaba de salir en Alemania una monumental biografía de Max Weber, en que su obra –no su vida- es analizada en base a “poluciones nocturnas, eyaculaciones precoces, ausencia de erecciones, dramática lucha con tentaciones onanistas”. Estos episodios son justamente las llaves interpretativas del complejo y sofisticado sistema filosófico de Weber: era inevitable que Weber describiera magistralmente el desencantamiento del mundo, porque, ante todo, Weber era un “maníaco-depresivo”. ¿Por qué este filósofo alemán enfatizó el politeísmo de los valores? Por la “privación del seno materno a la que fue sometido". ¿La importancia de la religiosidad en la obra? “Sus mórbidas patologías sexuales”. Desde ahora, la vida picante de Weber da qué pensar sobre otras grandes obras, y sus autores: “¿Y qué hay de esa famosa invocación ambigua y alusiva que cierra el Manifiesto del partido comunista, “proletarios de todo el mundo, uníos”? ¿No rebela eventualmente una secreta y reprimida propensión orgiástica del dúo (latentemente homo) de Marx y Engels?”, se pregunta Pierluigi Battista en el Corriere de la Sera.

Sergio Di Nucci

Thursday, March 16, 2006

La docta ignorancia

¿Un blog sobre libros? No del todo. Quien espere encontrar aquí un sustituto en español del Times Literary Supplement o de la New York Review of Books, un detalle puntual y puntilloso de las principales novedades bibliográficas, quedará sin duda desilusionado.
Más bien, y como de costumbre, se trata apenas de dar rienda suelta a nuestros caprichos: algunos textos que atesoramos con cariño y a los que volvemos una y otra vez, cierta frase que nos llama la atención, un párrafo cuyo sentido se sustrae a nuestros empeños interpretativos, el paciente seguimiento de una idea a través de sus múltiples metamorfosis, la arbitrariedad del gusto combinada con el rigor del argumento. En fin, el placer de la lectura (y de la relectura), una de las "bellas artes" sumida en el olvido a causa de este agitado mundo actual, cargado de un apresuramiento sin pausas ni propósito.
No podemos predecir a priori el tono o el contenido de nuestra flamante empresa. Que podamos en cambio, más temprano que tarde, anticipar algunas críticas dice bastante de la mala fe que persiste en ciertos ámbitos, adherida como está, sin redención posible, a la idiosincrasia argentina.
Digámoslo entonces de una buena vez: el único estándar que nuestras disquisiciones pretenderán cumplir es el de nuestra subjetividad lisa y llana. Nos interesa poco la reivindicación de la claridad y de la simplicidad que se esgrime en ciertos cuarteles periodísticos. Y no nos convencen las declamaciones de seriedad y de conocimiento que tanto abundan en las aulas y los papers universitarios. No porque no creamos en ellas. Somos gente básicamente anticuada, capaces de admirar las ideas claras y distintas como un horizonte al que debiéramos aspirar más que por cualquier nostalgia del cartesianismo.
Pero justamente eso es lo que este doble interdicto tiende a barrer bajo la alfombra. La claridad que imponen las redacciones editoriales presupone siempre el hecho de que hay que escribir para el más bajo denominador común, como si abstraer dicho denominador fuera posible en primera instancia. No quisiéramos (y no lo haremos) subestimar al lector con esa suerte de paternalismo “benévolo”. Además, no hace falta extenderse demasiado sobre los resultados de semejante criterio: un fárrago de generalidades, la homogeneización de la escritura -que en su carencia de rasgos distintivos, constituye la negación determinada de cualquier idea de estilo-, y un contenido tan falto de compromiso, tan incapaz de generar el menor estímulo que, si cambiáramos una parte del texto y se la adjudicáramos al titular de la columna de al lado, si reemplazáramos tan sólo los nombres propios, nadie notaría la diferencia. En ese juego de sustituciones, donde lo que se dice de un libro es válido para cualquier otro porque de ninguno se dice nada sustantivo, se debate el género actual de la reseña bibliográfica.
Las cosas no son mejores en la academia, aunque cada tanto aparezcan excepciones que logren restringir nuestro desaliento. Allí la seriedad se mide por la cantidad de notas al pie, la jerga abstrusa y las apelaciones a unas cuantas “novedades teóricas” que, ¡oh casualidad!, siempre provienen del mismo país. Una suerte de “docta ignorancia” con resultados opuestos a los que esperaba el bueno de Nicolás de Cusa: cuanto más encendida la “retórica de la sabiduría”, menor conciencia de la propia ignorancia.
En nuestros días, hacer una carrera se parece mucho a la adquisición de títulos de nobleza. Claro que aggiornados bajo la forma, eminentemente mercantil, de la licenciatura, la maestría y el doctorado. Con algo de fortuna, y buenas relaciones públicas, se obtendrá un pasar razonable en alguno de nuestros simpáticos feudos -la cátedra, el CONICET- que atestiguan nuestras venerables instituciones de investigación y de educación superior. Y como corresponde a toda aristocracia que se precie de tal, un pacto de caballeros sellará nuestros labios a la hora de denunciar los disparates inadmisibles del nuevo libro de algún colega egregio.
Entiéndase bien. Nuestra diatriba nada tiene que ver con las personas (tenemos nuestras simpatías y antipatías como todo el mundo). Ni siquiera con esos espacios en sí mismos (donde también nosotros, como cualquier hijo de vecino, nos ganamos la vida). Apunta más bien a un conjunto de condiciones estructurales que han reducido esos lugares a un pálido reflejo de lo que algunas vez prometieron ser.
No nos corresponde a nosotros transformar esas condiciones. Hacemos las cosas lo mejor que podemos desde el lugar que nos toca. Pero sí aspiramos a generar con el blog un espacio que se vea razonablemente libre de esas presiones, que por ende evite ciertos vicios que se han afianzado en ambos tipos de prácticas. Una comunidad de comunicación libre de dominación, como la denominó alguna vez cierto célebre filósofo contemporáneo. Por eso, en una última consideración, nos vemos obligados a aclarar que subjetividad no significa solipsismo. Nada nos agrada más que un buen argumento, un debate fructífero, una acotación que nos obligue a revisar nuestros propios presupuestos. De ustedes depende. Mientras tanto, pasen y vean.

Norberto Cambiasso