¿Un blog sobre libros? No del todo. Quien espere encontrar aquí un sustituto en español del
Times Literary Supplement o de la
New York Review of Books, un detalle puntual y puntilloso de las principales novedades bibliográficas, quedará sin duda desilusionado.
Más bien, y como de costumbre, se trata apenas de dar rienda suelta a nuestros caprichos: algunos textos que atesoramos con cariño y a los que volvemos una y otra vez, cierta frase que nos llama la atención, un párrafo cuyo sentido se sustrae a nuestros empeños interpretativos, el paciente seguimiento de una idea a través de sus múltiples metamorfosis, la arbitrariedad del gusto combinada con el rigor del argumento. En fin, el placer de la lectura (y de la relectura), una de las "bellas artes" sumida en el olvido a causa de este agitado mundo actual, cargado de un apresuramiento sin pausas ni propósito.
No podemos predecir a priori el tono o el contenido de nuestra flamante empresa. Que podamos en cambio, más temprano que tarde, anticipar algunas críticas dice bastante de la mala fe que persiste en ciertos ámbitos, adherida como está, sin redención posible, a la idiosincrasia argentina.
Digámoslo entonces de una buena vez: el único estándar que nuestras disquisiciones pretenderán cumplir es el de nuestra subjetividad lisa y llana. Nos interesa poco la reivindicación de la claridad y de la simplicidad que se esgrime en ciertos cuarteles periodísticos. Y no nos convencen las declamaciones de seriedad y de conocimiento que tanto abundan en las aulas y los
papers universitarios. No porque no creamos en ellas. Somos gente básicamente anticuada, capaces de admirar las ideas claras y distintas como un horizonte al que debiéramos aspirar más que por cualquier nostalgia del cartesianismo.
Pero justamente eso es lo que este doble interdicto tiende a barrer bajo la alfombra. La claridad que imponen las redacciones editoriales presupone siempre el hecho de que hay que escribir para el más bajo denominador común, como si abstraer dicho denominador fuera posible en primera instancia. No quisiéramos (y no lo haremos) subestimar al lector con esa suerte de paternalismo “benévolo”. Además, no hace falta extenderse demasiado sobre los resultados de semejante criterio: un fárrago de generalidades, la homogeneización de la escritura -que en su carencia de rasgos distintivos, constituye la negación determinada de cualquier idea de estilo-, y un contenido tan falto de compromiso, tan incapaz de generar el menor estímulo que, si cambiáramos una parte del texto y se la adjudicáramos al titular de la columna de al lado, si reemplazáramos tan sólo los nombres propios, nadie notaría la diferencia. En ese juego de sustituciones, donde lo que se dice de un libro es válido para cualquier otro porque de ninguno se dice nada sustantivo, se debate el género actual de la reseña bibliográfica.
Las cosas no son mejores en la academia, aunque cada tanto aparezcan excepciones que logren restringir nuestro desaliento. Allí la seriedad se mide por la cantidad de notas al pie, la jerga abstrusa y las apelaciones a unas cuantas “novedades teóricas” que, ¡oh casualidad!, siempre provienen del mismo país. Una suerte de “docta ignorancia” con resultados opuestos a los que esperaba el bueno de Nicolás de Cusa: cuanto más encendida la “retórica de la sabiduría”, menor conciencia de la propia ignorancia.
En nuestros días, hacer una carrera se parece mucho a la adquisición de títulos de nobleza. Claro que aggiornados bajo la forma, eminentemente mercantil, de la licenciatura, la maestría y el doctorado. Con algo de fortuna, y buenas relaciones públicas, se obtendrá un pasar razonable en alguno de nuestros simpáticos feudos -la cátedra, el CONICET- que atestiguan nuestras venerables instituciones de investigación y de educación superior. Y como corresponde a toda aristocracia que se precie de tal, un pacto de caballeros sellará nuestros labios a la hora de denunciar los disparates inadmisibles del nuevo libro de algún colega egregio.
Entiéndase bien. Nuestra diatriba nada tiene que ver con las personas (tenemos nuestras simpatías y antipatías como todo el mundo). Ni siquiera con esos espacios en sí mismos (donde también nosotros, como cualquier hijo de vecino, nos ganamos la vida). Apunta más bien a un conjunto de condiciones estructurales que han reducido esos lugares a un pálido reflejo de lo que algunas vez prometieron ser.
No nos corresponde a nosotros transformar esas condiciones. Hacemos las cosas lo mejor que podemos desde el lugar que nos toca. Pero sí aspiramos a generar con el blog un espacio que se vea razonablemente libre de esas presiones, que por ende evite ciertos vicios que se han afianzado en ambos tipos de prácticas.
Una comunidad de comunicación libre de dominación, como la denominó alguna vez cierto célebre filósofo contemporáneo. Por eso, en una última consideración, nos vemos obligados a aclarar que subjetividad no significa solipsismo. Nada nos agrada más que un buen argumento, un debate fructífero, una acotación que nos obligue a revisar nuestros propios presupuestos. De ustedes depende. Mientras tanto, pasen y vean.
Norberto Cambiasso