
El nacimiento de una gran literatura, y la defensa e ilustración de la lengua, han sido los dos elementos esenciales de la unidad de la cultura francesa desde el siglo XIII hasta el XX. La elite francesa ha hecho suya hace más de cuatro siglos la obra de los humanistas, y en adelante quiso imitar la perfección de la forma de los antiguos. Ningún pueblo moderno le acordó más importancia al estilo, a la elocuencia, a la elección de las palabras; Francisco I, Enrique IV, y sus descendientes, fueron escritores clásicos.
¿Por qué es interesante leer la historia de una literatura nacional europea, es decir, desde sus orígenes medievales hasta el siglo XX –ya que todas las europeas tienen sus orígenes en la edad media? En principio, porque la de Émile Faguet (1847-1916) es una historia literaria escrita por una persona que no leyó nada de segunda mano sino que leyó todos los textos que la conforman. Y que además lo hace sin notas al pie, ni bibliografías, sino por un gusto por lo concreto, que finalmente son las obras mismas. La historia literaria que Faguet publicó en 1913 es una historia narrativa aunque no evolutiva, una historia personal pero que no dictada por el capricho, sino justamente que tiene la capacidad para formular juicios singulares, interesantes, y argumentar sobre todos los períodos y sobre todos los autores, de un modo cuyas conclusiones sorprenden siempre. Faguet no acepta ni una sola de las generalidades de los manuales, y cuando alguna de ella aparece, lo hace revitalizada, bajo una nueva luz. La conclusión de la obrita, no tiene más de 300 páginas, es que vale más la pena leer otra tragedia de Racine que cuatro tratados sobre el clasicismo. ¿Faguet es liberal, es conservador -entendido esto último como la incertitud radical respecto del futuro? Importa poco. Todo lo que toca este hombre vive, y cuando escribe, es decir cuando toca algo, no toca un libro, sino a un hombre, por eso lo que dice es algo siempre auténtico, genuino. Que esto sea excepcional, que esto resulte sorprendente, habla más de nuestras pobrezas. Faguet, por ejemplo, no le dedica un desarrollo intensivo a Stendhal, ni a Baudelaire –mencionado, además, como parnasiano. No se trata desde luego de omisiones -quién hoy puede acusarlo de eso- sino de criterios contemporáneos que quisiéramos imponerle al autor. Faguet quiere comunicar con la nitidez de su lenguaje la riqueza de las distinciones y variaciones, la alegría de la inteligencia, en palabras de Adolfo Bioy Casares. Cada autor, a la luz de esta historia, es distinto de cualquier otro, y se lo ve perfilado, nítido. La lectura que emprende Faguet es siempre antirrepresentativa. Las figuras que toma nunca son un avatar de algo, sino que valen por derecho propio, por eso su lectura enriquece nuestro entendimiento de la realidad.
André Gide, Azorín hablaron muy mal de Faguet. Y otro gran crítico, Albert Thibaudet, dijo lo siguiente: “Faguet conoció la literatura francesa desde adentro. No abrió grandes rutas pero recorrió todos los pequeños caminos. El suyo fue un vuelo de caza menor: ideas, sugerencias, construcciones. Sus libros mejores son sus sobre el siglo XVIII, el siglo XIX y
Políticos y moralistas del siglo XIX, ellos arrojaron al mercado juicios que eran discutibles, pero que, eso era lo esencial, sabían hacerse discutir. Escribió sobre esas épocas cuatro o cinco libros de una época que sigue siempre viva, en especial porque hemos vivido en contra de ellos. El mismo creyó desde siempre que la facultad dominante de su espíritu era el arte de las preparaciones en el sentido anatómico: es decir, la presentación, la descomposición de un autor para su estudio. Pero de un autor muerto. Hay que desconfiar de la inteligente
brochette de ideas con la que se descompone a un Calvino, a un Rousseau, a un Royer-Collard, a un Tocqueville, a un Proudhon. Sería difícil imaginar algo más antitético que estas preparaciones anatómicas para la historia natural de los espíritus, tal como la entendía Sainte-Beuve”. Y justamente Faguet, en las últimas páginas de esta pequeña historia, termina la descripción de un sucesor de Sainte-Beuve con estas palabras: "Renan era un hombre feliz, gozó en vida de una gloria sin mácula y, como si le hubiera faltado una recompensa suprema y definitiva, hoy lo injurian abundamentemente los imbéciles. A él le hubiera encantado".
Sergio Di Nucci