
En una primera impresión, desde luego estereotípica, Santiago de Chile parece una ciudad masculina, a diferencia de ese eterno femenino que es Buenos Aires. Los bares de piernas, el humor extremado, infantil y sexual de los santiaguinos, el orgullo patrio, la afición por los alcoholes, las miradas que saben ser arteras... En el bar Munich, casi Ñuñoa, domingo a la noche, un hombre canta encima de un bolero, se sube a la mesa, señala vagamente la calle. Hay cuatro o cinco hombres, también ebrios o semi-ebrios, lo miran con atención, lo aprueban, aplauden. Entra una chica delgada y con gorro, pide vino, no se entiende qué cosas dice, su aspecto es el de alguien que lleva días bebiendo. Habla desde el teléfono público. Empieza a llorar, se va. “Lo dejó su novio”, nos dice el hombre que tenemos al lado.
“Santiago sigue siendo un hervidero de la picaresca clásica. Por eso la recurrente proposición de que ‘Santiago es fome’ habla más que nada de la fomedad de quienes la enuncian, por lo general personas demasiado pendientes de la cartelera cultural y poco de la vida que pasa ante sus ojos”. Naturalmente, esa vida muchas veces no es pintoresca sino trágica, o triste. El escritor y periodista santiaguino, Roberto Merino, reunió sus crónicas de esta ciudad que quiere convertirse en la más moderna de Latinoamérica, y apela para ello a un deporte nacional: la destrucción de sus zonas más intensas y tradicionales. El libro se llama Horas perdidas en las calles de Santigo (Sudamericana, 2000, 280 páginas) y en el prólogo el autor señala: “En 1972, cuando tenía diez años y estaba en sexto, la profesora nos dio una tarea para ocupar en algo útil uno de esos extraños momentos de la escolaridad llamados ‘horas libres’: pintar un cuadro realista de cualquier rincón de la ciudad. Yo elegí la plazoleta de la iglesia de San Francisco, al borde de cuya fuente solía sentarme a la salida del colegio a pasar el rato con mis compañeros que esperaban ‘la Canal’ (el micro del recorrido Canal San Carlos, que subía por Providencia para perderse después Tabalada adentro). Tomándome al pie de la letra la petición de realismo, en mi pintura reproduje la palabra ‘pico’ que alguien había escrito en uno de los muros de la iglesia. Por supuesto que este exceso de celo fue pésimamente recibido, pero yo tenía la excusa –sobre todo después, ante el tribunal familiar- de que me habían dicho ‘pinta lo que ves todos los días’.
Es decir, me hice el tonto, porque sé que privadamente disfrutaba la socarronería. El bien del mal lo distinguía a un kilómetro, como también lo decente de lo procaz. De modo que había un temprano ejercicio de hipocresía en la licencia que me tomaba: representé una edificación prestigiosa –la casa del Pobre de Asís y a la vez un hito de la historia de Chile, características meritorias ante los ojos del profesorado- pero encontré la manera de introducir una versión innoble de ‘la voz de la calle’ para satisfacer un tipo de humor que puedo reconocer aún hoy entre mis debilidades”.
Sergio Di Nucci